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jueves, 10 de agosto de 2023

NECESITAMOS UNA NUEVA RECONQUISTA


 

En vísperas del aniversario de la Reconquista de Buenos Aires, conviene recordar el pasado de nuestra patria, para no caer en el error simplista de ubicar el comienzo de la decadencia argentina en la aparición del peronismo, en 1945, o en la versión distorsionada del mismo movimiento (kirchnerismo), en las últimas décadas. Coincide este año la gesta de rechazo a la invasión inglesa, con el desafío que implica la elección de un nuevo gobierno nacional; proceso que comienza con las Paso el 13 de agosto.

 

En esencia, lo que hoy llamamos grieta, fue la sumatoria de las diferencias entre enfoques contrapuestos en el transcurso de la historia, que se mantiene hasta el presente (*). Para quienes tenemos una concepción cristiana de la vida, es importante comprender el rol que han desempeñado las ideologías, y la necesidad de incrementar nuestra participación en la vida cívica, para que no se agraven las consecuencias de la legislación que ha impuesto aceleradamente cambios que afectan nuestras creencias.

 

No podemos imputar sólo a los malos gobiernos, por ejemplo, lo que indica con cruda precisión la última encuesta sobre creencias religiosas en Argentina: el 80 % de los católicos considera que la mujer tiene derecho a abortar (**).

 

Si los católicos no conocemos bien y no defendemos, la fe que proclamamos, interviniendo activamente en la vida pública, no podremos evitar que continúe avanzando una tendencia ideológica contraria a nuestra tradición histórica y enemiga de nuestras creencias. El primer paso, es estudiar y aplicar la mejor brújula de que disponemos, que es la doctrina social de la Iglesia, que entre otras cosas nos exige la participación en la elección de autoridades (Catecismo, 1905).

 

Recordemos el ejemplo de quienes nos precedieron, como el dirigente laico José Manuel Estrada, que hace 140 años alertaba:

 

 “Los católicos argentinos han sido inadvertidos y lo son todavía. Han creído que su fe no debía influir en sus resoluciones políticas ni rectificar sus simpatías de partido. Por eso, multitud de hombres fieles a la fe han cooperado a la elevación de políticos, cuyas creencias, si ese nombre puede darse al escepticismo, estuvieron en abierta contradicción con las suyas.”

 

“Los católicos han prescindido de las cuestiones de su fe en sus combinaciones políticas, y por su tolerancia y abandono han contribuido indirectamente a que arraiguen las supersticiones del liberalismo en el régimen de los negocios públicos. Los males arrecian día en día, y se acerca la hora de recobrarse y reflexionar.”

 (La Unión, 1-4-1883).

 

Mario Meneghini

 

(*) Sonego, Víctor. “Las dos Argentinas”; Ediciones Don Bosco Argentina, 1986.

 (**) Segunda Encuesta nacional sobre creencias y actitudes religiosas en Argentina; Ceil – Conicet, 2019.

 

martes, 7 de febrero de 2023

HISTORIAS DE SUBORDINACIÓN Y VALOR


Jorge Martínez

 

La Prensa, 05.02.2023

 

Una deuda contraída hace mucho por todo el país es la que se propuso saldar el Teniente Coronel (R) Rodolfo Richter con este libro sobrio y valiente, a tono con los héroes, vivos o muertos, que rescata en páginas inspiradas por un necesario espíritu de justicia.

 

Richter sabe de lo que escribe en Los soldados miran al cielo: relatos de combates (Edición del autor, 234 páginas) porque él fue uno de ellos. En febrero de 1975 participó en el río Pueblo Viejo de la primera acción de la Operación Independencia, lanzada ese mes en la provincia de Tucumán por disposición del gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón para enfrentar a los guerrilleros del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) que desde el año anterior habían instalado allí una "compañía de monte".

 

Ese combate, en el que Richter fue herido y quedó paralítico, es uno de los primeros que relata en la obra. Su ímpetu guerrero (era Teniente del Ejército, tenía 26 años y acababa de finalizar el exigente curso de "comandos" de la fuerza) lo expuso con imprudencia al fuego enemigo. Una vez herido, su superior inmediato, el Teniente Primero Héctor Cáceres, también "comando", se arriesgó para auxiliarlo y pagó el arrojo con su vida. El gesto simple, inolvidable, de un héroe moderno. Un "enamorado de su mujer, de la Patria y del Ejército", evoca Richter en un pasaje de agradecida emoción.

 

El libro pasea al lector por otros hechos de armas significativos de la historia nacional reciente que no aparecen en la memoria de académicos o formadores de opinión (la excepción cronológica es el breve repaso del combate de Riobamba, librado en el ya lejano 1822).

 

Se revisa, por ejemplo, el choque de Manchalá, de mayo de 1975, cuando una sección de ingenieros militares (14 hombres dirigidos por un suboficial) desbarató el ambicioso plan del ERP de atacar y copar el puesto de mando táctico del Ejército en Tucumán. Con imprevista resistencia, el pequeño destacamento frustró durante horas el avance de una muy superior columna guerrillera motorizada.

 

También se rinde homenaje al valeroso papel que desempeñó, otra vez en Tucumán, el Regimiento de Infantería de Monte 28, de Tartagal, Salta (los "rodillas negras"), en especial la sección "Destinos" que agrupaba a los efectivos que desertaban de la unidad o infringían la ley del servicio militar.

 

Los díscolos soldados salteños se midieron con gran valentía en el combate de "Los quinchos", de octubre de 1975, en el que fue abatido el entonces jefe de la "compañía de monte" erpiana, Jorge Carlos Molina, el "capitán Pablo", quien paradójicamente era subteniente de reserva del Ejército porque había egresado "con muy buenas notas" del Liceo Militar General Belgrano de Santa Fe. En "Los quinchos" guerrilleros y soldados terminaron entreverados en el monte en una "noche muy oscura" hasta que, al darse cuenta del error, se desató un "verdadero pandemónium para ambos lados".

 

LA GESTA

 

Malvinas ocupa varios capítulos de la obra de Richter. Se relata en gran detalle la acción de los "comandos anfibios" durante la Operación Rosario del 2 de abril de 1982, donde murió el Capitán de Corbeta Pedro Giachino, otro héroe moderno ("representa el arquetipo del jefe que lidera a sus hombres en el combate, asumiendo personalmente el mayor riesgo y también la convicción de que la misión debe ser cumplida aún a costa de la propia vida"). Hay espacio para evocar la siempre admirable gesta de la Fuerza Aérea con sus bombardeos inverosímiles a la flota británica en el estrecho de San Carlos; se narra con nuevas precisiones la actuación de la sección "Bote" del Teniente Roberto Estévez en la batalla de Darwin de fines de mayo de 1982, y se examina el desempeño -que por lo general suele pasar inadvertido- de los helicópteros militares durante toda la campaña del Atlántico sur. No falta, además, la semblanza del Sargento Mario Antonio "Perro" Cisnero, "considerado el mejor "comando" del Ejército" según la opinión de jefes y camaradas, caído en combate el 10 de junio de 1982, durante una temeraria emboscada planificada y conducida por el entonces Mayor Aldo Rico, jefe de la Compañía de Comandos 602.

 

Cierra el libro un relato vívido y minucioso del combate de La Tablada, del 23 y 24 de enero de 1989, en el que el Ejército y la Policía de la provincia de Buenos Aires rechazaron el sangriento intento de copamiento del Regimiento de Infantería Mecanizada 3 por parte del Movimiento Todos por la Patria, un sucedáneo del ERP que dirigía el veterano guerrillero Enrique Gorriarán Merlo, quien años más tarde fue apresado en el exterior, traído al país para ser juzgado y condenado y al final terminó indultado luego de una teatral huelga de hambre.

 

Los atacantes quisieron hacerse pasar militares "carapintadas" como parte de una acción de "falsa bandera" con vastas ramificaciones políticas que nunca se aclararon del todo. Lo destacable, cuenta Richter, es que los verdaderos "carapintadas" fueron los primeros en descubrir el engaño y varios de ellos se ofrecieron voluntarios para combatir a sus viejos enemigos marxistas, infringiendo en algunos casos las detenciones domiciliarias o atenuadas que les habían impuesto por su participación en los levantamientos castrenses de 1987 y 1988. Hubo alguno que a la mañana salió de la casa donde cumplía el arresto, tomó parte en la cruenta recuperación del cuartel y cuando cesaron los enfrentamientos regresó a la vivienda como si nada hubiera pasado.

 

Richter se retiró del Ejército en 1993 con el rango de Teniente Coronel. A partir de entonces cambió las armas por las aulas. Se doctoró en Ciencia Política y hasta el año pasado estuvo a cargo de la cátedra de Historia de las Ideas Políticas III en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Católica Argentina. Ha escrito otros dos libros: Lucha armada. El PRT-ERP y las condiciones revolucionarias (Dunken, 2017) y Enemigos. Dos protagonistas reflexionan hoy sobre la violencia de los 70 (Eudeba, 2018), en coautoría con Carlos Gabetta, periodista y ex integrante del ERP.

 

ENTREVISTADOS

 

Los soldados miran al cielo, bello título que alude a la costumbre, típica de los hombres de armas, de levantar la mirada para orientarse por las estrellas y al mismo tiempo elevar una oración antes de empeñar la vida, fue escrito con una mesurada pasión. Richter ha buscado recrear las acciones escogidas sin desbordes emocionales, apegado a la documentación conocida y con el aporte de testimonios personales. Cada capítulo se nutre de entrevistas a protagonistas directos de los combates, hoy todos militares retirados con rangos altos y numerosas condecoraciones. Sus nombres, incluidos al final del libro, son también un rosario de lo mejor que produjeron las Fuerzas Armadas en el último medio siglo. He aquí algunos ejemplos: General (R) Sergio Fernández; General (R) Gonzalo Palacios; Comodoro (R) Pablo Marcos Carballo; Coronel (R) José Martiniano Duarte; Coronel (R) Ernesto Peluffo; Comodoro (R) Carlos Rinke; Capitán de Navío (R) Eduardo Alvarez; Teniente Coronel (R) Oscar Jaimet; Teniente Coronel (R) Emilio Nani; Teniente Coronel (R) Armando Valiente; Teniente Coronel (R) Gerardo Vlcek, y los soldados Rodolfo Demayo, Erik Langer, Luis Peñaranda, Sergio Rodríguez y José Romero.

 

Richter se cuidó de escribir con claridad las "cuestiones referidas a las técnicas y tácticas militares" pero puso especial énfasis en que el lector comprenda "los sentimientos de los que combatimos. Me preocupé de mostrar esos sentimientos", explicó en diálogo por correo electrónico con este diario.

 

En sus páginas traza una suerte de "perfil" del militar argentino en combate que se remonta al siglo XIX, aunque puedan distinguirse matices al correr de los años. "En realidad, el perfil de un militar del siglo XIX no puede ser igual al del siglo XX. Pero tampoco puede estar totalmente desconectado -aclaró Richter-. Los valores, de una u otra manera, se van transmitiendo a lo largo del tiempo como por ejemplo aquellas virtudes de la confianza y el valor que Sarmiento le adjudicaba al gaucho y que las vemos, por ejemplo, en el deporte, donde se hace un culto del que gana "de puro guapo", mientras desdeñamos a los brasileños porque tienen "el pecho frío". Y en el ámbito militar, ¿qué cadete no ha soñado con emular a algún soldado de otra época?

 

La "Orden del Día" comienza siempre con una efemérides que exalta alguna virtud militar. Tampoco nos olvidemos de la fórmula "¡Subordinación y valor!" con la que un jefe termina una arenga y es contestada por los subordinados con la frase "¡Para defender a la Patria!"

 

Los actos de coraje militar del pasado se inculcaban ya en la escuela primaria (el sargento Cabral, el tamborcito de Tacuarí, los gauchos de Güemes o el cruce de los Andes) pero después de Malvinas y del fin del gobierno militar, observó Richter, "hubo una permanente descalificación de todo lo que es militar por cuestiones ideológicas y eso derivó en que los chicos de hoy no conocen la historia argentina".

 

"Creo en mi fuero íntimo pero todavía no lo he podido demostrar "científicamente" que hay poderes que tienen la intención de terminar con el sentimiento patriótico -advirtió-. La izquierda se ha sumado rápidamente a esa intención por una cuestión ideológica, a saber: la historia de la humanidad es la de la lucha de clases entre los "opresores" y los "oprimidos" (patricios y plebeyos, monárquicos y burgueses y finalmente burgueses y proletarios)."

 

Siguiendo esta interpretación clásica de la izquierda marxista, "los "opresores" apelan al patriotismo para que los "oprimidos" vayan a la guerra que siempre es una puja entre distintos poderes burgueses. Según Lenin, la Guerra de la Independencia sudamericana fue, en realidad, una "guerra revolucionaria" donde las burguesías de cada país, por puro interés material de clase, querían terminar con la monarquía española en esta parte de América. Para los marxistas no fue una lucha por la independencia y la libertad."

 

Interpretaciones de ese estilo calaron hondo y, después de la lucha contra la guerrilla en los años "70 y la guerra de Malvinas en 1982, moldearon una imagen de las Fuerzas Armadas muy distinta de la que se exalta en Los soldados miran al cielo. ¿Será posible revertir esa percepción en un futuro cercano?

 

El Teniente Coronel (R) Richter lo cree posible. "Si hubo un revisionismo histórico que cambió, por ejemplo, la imagen de Rosas, Facundo o el Chacho Peñaloza, y cuestionó otras que parecían inmaculadas, es posible un nuevo revisionismo histórico referido a la lucha contra la subversión y a la guerra de Malvinas -opinó-. Es posible convencer a la ciudadanía de que acá hubo una Guerra Revolucionaria y que en Malvinas los británicos tuvieron muchas más pérdidas materiales y humanas de las que se imaginaron (ya se empieza a hablar de eso). Los "campeones de los derechos humanos" ya comenzaron a mostrar sus trapos sucios. Pero va a llevar tiempo. Hay que insistir y repetir una y otra vez para que se conozcan las dos caras de la moneda."

domingo, 8 de noviembre de 2020

HOMENAJE A UN MARAVILLOSO ANTEPASADO

 


Guillermo Belcore   

La Prensa, 08.11.2020

 

El gaucho no existe, es un invento de los estancieros para entretener a los caballos, bromeaba Macedonio Fernández , acaso el único auténtico intelectual que ha engendrado la Argentina (vivía para pensar y conversar, según Borges). Pero Macedonio estaba equivocado. El gaucho existe y está en el centro de nuestra nacionalidad . Y el artista virtuoso así lo ha hecho notar; José Hernández, Lugones y Güiraldes, desde ya, pero también escritores ilustradores de la talla de Enrique José Rapela (1911-1978), destacado colaborador de La Prensa en los sesenta y setenta.

 

Acaba de reimprimir Editoral El Ateneo una obra sublime de Rapela: Conozcamos lo nuestro. Homenaje ilustrado al gaucho (343 páginas). Se trata de una "" enciclopedia singular de terminología campestre "" que había sido publicada por primera vez en 1977. Eran tres fascículos que se ofrecían en los kioscos de diarios y revistas. Uno de sus cometidos era enseñarles a los lectores contemporáneos que "nada hizo el gaucho que no tuviera una finalidad importante". Aquellos "maravillosos antepasados ​" eran hombres y mujeres prácticos; desconocían las fruslerías urbanas como el psicoanálisis.

 

La de 2020 es una bellísima edición bilingüe, en rústica, que conserva la excelencia de la pluma y el pincel de Rapela. El volumen fue organizado en capítulos y partes temáticas: prendas de vestir, implementos de trabajo y habilidades; hogar y alrededores, costumbres, pasatiempos y supersticiones; el caballo y otros animales. El homenaje no sólo involucra al individualista paisano de las llanuras ("que heredó todo del pueblo español") y su inseparable compañero ungulado. Rapela agregó un pantallazo de los usos y costumbres del indio, "aquel valiente dueño de la tierra que defendió con valor y orgullo luchando contra el gaucho, que fue el primer instrumento que el ilustrado utilizó para liberar esas grandes extensiones de rica tierra".

 

Una o más ilustraciones engalanan cada página de esta obra esclarecedora. El arte visual de Rapela se construía "con dibujos sobrios, aplomados, clásicos pero con grises que enriquecen no solo la composición, sino que funcionan como ornato", describe la licenciada Pilar Altilio en uno de los dos prólogos. El otro, del periodista Mariano Wullich, proclama que el gaucho, "amalgama de tierra y hombre", no es cosa del pasado.

 

HOMBRE ORQUESTA

Rapela fue "un apasionado emprendedor, guionista, dibujante, editor, escritor e historiador", destaca también Altilio. La historieta criollista fue la herramienta favorita de un artista autodidacta que empeñó su vida en el rescate de una tradición que juzgaba esencial. ¡Bienaventurados los hombres y mujeres que tienen una causa noble a la que obedecer! Hasta febrero de 1978, Rapela honraba las ediciones dominicales de este diario con la tira Fabián Leyes , justiciero libre como el viento. Cirilo el Audaz, El Huinca y Cirilo el Argentino también llevaban su firma. Hay que destacar que tenía información de primera mano: fue administrador de estancia por los pagos de Roque Pérez.

 

Hoy, con la Patria degradada por la frustración económica y por la ausencia de un destino, vale la pena, mediante esta joya de El Ateneo, conocer o reencontrarse con Enrique José Rapela, apasionado nacionalista que trabajó para ampliar los conocimientos de sus semejantes . Debe destacarse que en 1967 creó la editorial Cielosur con el fin de potenciar la historieta gauchesca.

 

Así razonaba el artista de las cosas nuestras:

 

"Esos gauchos, forjadores de nuestra grandeza nacional, con la lanza en un principio y con el arado después, son los mismos que hoy trabajan infatigables y anónimos, y que sin dilación empuñarían nuevamente la lanza para defender su tierra, su honor y su soberanía , siempre en peligro por los dones que a manos llenas ha derramado Dios sobre mi patria y que despierta la codicia de las poderosas potencias".

jueves, 30 de julio de 2020

CULTURA NACIONAL




viernes, 6 de diciembre de 2019

POR ESPAÑA



Autor: Antonio CAÑIZARES, cardenal arzobispo de Valencia


Católicos-on-line, diciembre 2019

En una Instrucción pastoral de la Conferencia Episcopal Española de 2002, siguiendo las enseñanzas de la Iglesia sobre «valoración moral del terrorismo», se afirmaba que «España es fruto de uno de esos complejos procesos históricos que han dado lugar a la nación», que en el pensamiento de San Juan Pablo II «es la gran comunidad de hombres que están unidos por diversos vínculos, pero sobre todo, precisamente, por la cultura».

No hablo como político, como tantas veces me veo obligado a aclarar y desmentir, sino como obispo que tiene el deber y la obligación moral de enseñar a los fieles y decir a todos lo que Dios nos señala, por ejemplo en los diez mandamientos. En concreto en el cuarto: «Honrar padre y madre». Es enseñanza tradicional e ininterrumpida de la Iglesia –así lo aprendimos desde niños y nos enseñaron nuestros padres–que «este mandamiento se extiende a los deberes de los ciudadanos respecto a su patria» (n. 2199), como indica el Catecismo de la Iglesia Católica, lo que conlleva que «el amor y el servicio de la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad» (n. 2239).

Hablar de España, defender a España, pedir el cumplimiento de los deberes que todos los ciudadanos de España tenemos respecto a ella, y el que pida que respetemos a España, la nación y patria que somos, no es salirme de mi deberes como obispo. La otra noche, en un acto conmemorativo del aniversario del nacimiento de un medio de comunicación valenciano, decía públicamente que a un medio de comunicación y a los políticos les corresponde la defensa y protección del bien común -del que se habla poco, por cierto, en el ámbito político-, y que ese bien común en estos momentos se llama España, no cerrada en un nacionalismo excluyente, sino como le corresponde, como patria abierta a todos y un proyecto común de sociedad.

España, como sociedad y ámbito social y cultural, preexiste con anterioridad a la existencia de diversas configuraciones territoriales u organizativas que se han dado con posteridad al acontecimiento del III Concilio de Toledo, en el siglo VII, que da lugar a la «Hispania» que somos. Lo que somos como proyecto de vida en común hace referencia a aquel origen y a la tradición viva y dinámica que de él dimana, origen de unidad y de tradición viva en unidad que debiera perdurar porque amamos y perdura España. Esta es la historia en su verdad no distorsionada. No me ruborizo en decirlo –no soy «patriotero»–, porque esto integra y no excluye a nadie, une e integra a todos: amo, amamos y me importa o nos importa muchísimo España. Apartarse de eso, de la unidad que somos o debilitarla ha acarreado... lo podemos comprobar en la historia de siglos: división, enfrentamiento, rupturas y debilidad. La última de nuestras rupturas fue la guerra civil del 36, durísima, que no queremos que reaparezca ni por asomo, que enfrentó, al menos, dos Españas.

Gracias a Dios el sentido genuino de la Transición logró restañar divisiones y heridas y alcanzar la unidad y concordia de los españoles que selló la Constitución de 1978. ¿Qué interés hay en borrar esta página que asombró al mundo entero y nos ha hecho gozar de esta paz, de esta democracia y desarrollo que disfrutamos?: es fuerza de progreso porque la unidad trae progreso, bien común que es inseparable del bien de la persona, de su dignidad y de sus derechos fundamentales.  Y la mejor memoria histórica es mirar al futuro, trabajar codo con codo en un proyecto común esperanzado y reconciliador de sociedad que se llama España y mirar adelante, no hacia atrás.

domingo, 20 de octubre de 2019

¿TODAVÍA INSISTEN CON LATINOAMÉRICA?


                    

                              Alberto Buela (*)

Una vez más, y espero que sea la última, salgo a contestar sobre el tema de cómo debemos llamarnos.
Si lo hace la Iglesia, la masonería, el liberalismo, el progresismo, el marxismo que usan el latinoamericanismo a diestra u siniestra no hace falta gastar pólvora en chimangos, que lo sigan haciendo y cada cual se cueza en su propia salsa.

Yo lo hago porque Miguel Barrios, profesor de ciencias de la educación y otras yerbas y que me llama “maestro” salió a escribir totalmente lo opuesto que venimos sosteniendo nosotros desde hace medio siglo. ¿para qué me llaman maestro si opinan lo contrario en temas graves?  Es una tomada de pelo. Hablé el tema con Barrios y con todos los que me rodearon siempre: el término Latinoamérica es un término espurio, es un término falso que nos extraña a nosotros mismos desde el momento que nos designamos como latinoamericanos.

Si será una creación ideológica que ni los italianos se dicen latinos (salvo los del Lacio)
El término es una creación francesa por parte del ministro Chevallier de Napoleón III para justificar la intervención en Méjico a propósito de la aventura  de Maximiliano de Austria.
Torres Caicedo es un colombiano afrancesado que usa el término por colonización francesa. Se lo cita como el antecedente americano pero nadie le dio bola en Nuestra América. Tan así es que el peruano García Calderón, el hijo del presidente cautivo en Chile y hermano del poeta Ventura, que escribió en 1909 Creación de un continente en donde propone una alianza entre Argentina y Brasil, lo trata de colonizado cultural por los franceses.

Otra estupidez de Barrios, porque no llega ni siquiera a falsedad es afirmar que la generación del 900 impulsa el festejo del 12 de octubre como símbolo de la “raza cósmica”. Cuando el término raza cósmica lo impulsa José Vasconcelos recién e 1925, año en que publica el libro. Recuerdo cuando en la universidad, allá lejos y hace tiempo, el viejo profesor de pensamiento americano. García Acevedo, nos dio a leer el libro nosotros lo bautizamos como “la raza cómica”.

En realidad no existe como pretende Barrios la generación del 900 sino la del centenario, la gira sobre 1910. Y para colmo de dislates afirma que la “idea geopolítica es la de Latinoamérica”. Esta idea no tiene ningún asidero, no tiene ningún apoyo porque todos los autores de la época hablan de Hispanoamérica (Rojas, Lugones, Blanco Fombona et alii)  o de Continente (García Calderón, Vargas Vilas, Ugarte et alii).

Y hablan de continente o de Hispanoamérica porque a ellos lo que los conmueve es la guerra de Estados Unidos contra España. Allí, y por eso, se desayunan que existe un enemigo real de Nuestra América.
Sobre este tema tan poco tratado hay un trabajo excepcional de Horacio Cagni La guerra hispanonorteamericana, comienzo de la globalización que publicamos nosotros en Disenso allá por 1998.
Pero como Barrios escribe mirándose el ombligo, estas cosas reales no las tiene en cuenta. Y encima, me dice maestro. Debo de ser el único caso de maestro que genera discípulos en contra de él. Lo más probable es que sea falso para Barrios que yo sea su maestro.

Fue tan grande la conmoción que provocó la intervención norteamericana que Vargas Vilas dejó a su familia en Colombia en 1902 y le dijo a su mujer: me voy a vivir entre los bárbaros y se fue a USA y luego sacó su famoso libro Ante los bárbaros donde en la tapa figura el mapa de América del Norte y otro con el titulo América del Sur  y un pulpo con la bandera norteamericana que busca engullirla. No figura Latinoamérica en ningún lado.
Y para terminar de rematar el dislate dice Barrios que habló con Ardao, Methol, Zea, Ramos y el cura Farrell y todos lo apoyaron. Cómo no lo van a apoyar sin Arturo Ardao es un historiador ilustrado uruguayo de las ideas. Y los ilustrados y afrancesados son los máximos sostenedores en llamarnos latinoamericanos.

Luego dice que habló con Tucho Methol, yo también lo hice y muchas veces, sobre todo cuando viajábamos a Formosa al Fogón de la Utopía para perorar juntos (allí conocí a Barrios que iba de la mano del luego senador por Misiones, Salvador Cabral, uno de los grandes corruptos que produjo izquierda nacional). Methol usó siempre por principio y de manera acrítica el término de Latinoamérica porque era un hombre de la Iglesia y ésta adoptó como los ilustrados el término. Recuerdo que en esas charlas le ofrecí mis razones y me dijo: somos latinos porque el castellano viene del latín. A lo que le respondí: querido Tucho, dedicate a la historia que de la filología latina me dedico yo. 

“El castellano viene del osco, según se cansaron de probar Menéndez Pidal y Antonio Tovar). El único testigo vivo que queda es Pedro Godoy porque Soliz Rada ya partió. Sobre Zea, colega de filosofía, ya se encargó de él, el peruano Salazar Bondi en ¿Existe una filosofía de nuestra América?. Y al cura Farrell le sucede lo mismo que a Methol.

Hay que ser un mamarracho intelectual para no tener en cuenta juicios como los de Hernández Arregui: esta versión que el lector tiene en sus manos es igual a la primera salvo en el reemplazo del falso concepto de América Latina, un término creado en Europa y utilizado desde entonces por los Estados Unidos con relación a nuestros países y que disfraza una de las tantas forma de colonización mental. (Qué es el ser nacional).

O la que me dio Helio Jaguaribe a propósito de mi libro El sentido de América (1990): su libro es una clara respuesta a ese vacuo y difuso latinoamericanismo que no nos permite construir la Patria Grande que anhelamos”.

Y finalmente la pregunta, a quién beneficia esta defensa extemporánea de Barrios a la denominación de América Latina, treinta años después de zanjado el tema. A nadie, pues a Barrios lo deja desnudo como un tonto de capirote, a la Iglesia, el liberalismo, el marxismo que son los que usan en término no les significa nada.
Sería bueno que reconozca que fue una tontería, un hablar por hablar sin decir nada.


(*) arkegueta,

sábado, 12 de octubre de 2019

VIRGEN DEL PILAR



Patrona de la Hispanidad

(Corazones.org) 12-10-19

Según una venerada tradición, la Santísima Virgen María se manifestó en Zaragoza ante el apóstol Santiago sobre una columna o pilar, convertido en signo visible de su presencia.
Esta tradición encontró su expresión cultual en la misa y en el Oficio que, para toda España, decretó Clemente XII. Pío VII elevó la categoría litúrgica de la fiesta.

La tradición, tal como ha surgido de unos documentos del siglo XIII que se conservan en la catedral de Zaragoza, se remonta a la época inmediatamente posterior a la Ascensión de Jesucristo, cuando los apóstoles, fortalecidos con el Espíritu Santo, predicaban el Evangelio. Se dice que, por entonces (40 AD), el Apóstol Santiago el Mayor, hermano de San Juan e hijo de Zebedeo, predicaba en España. Aquellas tierras no habían recibido el evangelio, por lo que se encontraban atadas al paganismo. Santiago obtuvo la bendición de la Santísima Virgen para su misión.

Los documentos dicen textualmente que Santiago, «pasando por Asturias, llegó con sus nuevos discípulos a través de Galicia y de Castilla, hasta Aragón, el territorio que se llamaba Celtiberia, donde está situada la ciudad de Zaragoza, en las riberas del Ebro. Allí predicó Santiago muchos días y, entre los muchos convertidos eligió como acompañantes a ocho hombres, con los cuales trataba de día del reino de Dios, y por la noche, recorría las riberas para tomar algún descanso».

En la noche del 2 de enero del año 40, Santiago se encontraba con sus discípulos junto al río Ebro cuando «oyó voces de ángeles que cantaban Ave, María, gratia plena y vio aparecer a la Virgen Madre de Cristo, de pie sobre un pilar de mármol». La Santísima Virgen, que aún vivía en carne mortal, le pidió al Apóstol que se le construyese allí una iglesia, con el altar en torno al pilar donde estaba de pie y prometió que «permanecerá este sitio hasta el fin de los tiempos para que la virtud de Dios obre portentos y maravillas por mi intercesión con aquellos que en sus necesidades imploren mi patrocinio».

Desapareció la Virgen y quedó ahí el pilar. El Apóstol Santiago y los ocho testigos del prodigio comenzaron inmediatamente a edificar una iglesia en aquel sitio y, con el concurso de los conversos, la obra se puso en marcha con rapidez. Pero antes que estuviese terminada la Iglesia, Santiago ordenó presbítero a uno de sus discípulos para servicio de la misma, la consagró y le dio el título de Santa María del Pilar, antes de regresarse a Judea. Esta fue la primera iglesia dedicada en honor a la Virgen Santísima.

Muchos historiadores e investigadores defienden esta tradición y aducen que hay una serie de monumentos y testimonios que demuestran la existencia de una iglesia dedicada a la Virgen de Zaragoza. El mas antiguo de estos testimonios es el famoso sarcófago de Santa Engracia, que se conserva en Zaragoza desde el siglo IV, cuando la santa fue martirizada. El sarcófago representa, en un bajo relieve, el descenso de la Virgen de los cielos para aparecerse al Apóstol Santiago.

Asimismo, hacia el año 835, un monje de San Germán de París, llamado Almoino, redactó unos escritos en los que habla de la Iglesia de la Virgen María de Zaragoza, «donde había servido en el siglo III el gran mártir San Vicente», cuyos restos fueron depositados por el obispo de Zaragoza, en la iglesia de la Virgen María. También está atestiguado que antes de la ocupación musulmana de Zaragoza (714) había allí un templo dedicado a la Virgen.

La devoción del pueblo por la Virgen del Pilar se halla tan arraigada entre los españoles y desde épocas tan remotas, que la Santa Sede permitió el establecimiento del Oficio del Pilar en el que se consigna la aparición de la Virgen del Pilar como «una antigua y piadosa creencia».

San Juan Pablo II, Papa, en 1984, al hacer escala en su viaje a Santo Domingo para iniciar la conmemoración del descubrimiento de América, reconoció a la Virgen del Pilar como «Patrona de la Hispanidad».

martes, 8 de octubre de 2019

REVOLUCIÓN DE MAYO


 vs. Revolución Francesa

Federico Gastón Addisi
Centro Pieper, 28-10-19

 [...]
Nuestra Revolución de Mayo nada tiene que ver con la Revolución Francesa. Ni como causa, ni influencia, ni como modelo. Más bien, que si hubo una visión, fue la del rechazo. Y aquí lo probaremos.
¿Es que acaso alguien en su sano juicio puede comparar la Revolución Francesa, que comenzó en 1789, efectuada mayormente por burgueses, de carácter republicana y por ende antimonárquica, contra los privilegios de la nobleza, que llevó a la guillotina a su rey, persiguió a la Iglesia y expropió todos sus bienes, implantó el régimen del Terror del cual el genocidio de La Vendee fue sólo una muestra, y finalmente hizo perder a los franceses todos sus derechos a manos del Emperador Bonaparte en 1804, en total 15 años de convulsiones, con nuestra Semana de Mayo?.

La Revolución Francesa se hizo contra el absolutismo de los reyes y los privilegios de los nobles y también en contra de la Iglesia. En el Río de la Plata, no había ni nobles ni reyes. Gobernaba el país un Virrey que no tenía nada de absoluto y un Cabildo que era una genuina y antiquísima autoridad de origen popular (que por supuesto también era herencia de España) que la parte principal elegía libremente.
La Semana de Mayo o Revolución de Mayo fue esencialmente realizada por una parte del pueblo (la parte sana e ilustrada), los militares (allí estaban los Patricios con Don Cornelio Saavedra al mando, respaldando la revolución), y sobre todo católica. Es decir que fue una revolución hecha por verdaderos señores, angustiosos de gobernarse a sí mismos por los sucesos ocurridos en la Península, pero dispuestos a mantener su tradición y cultura, a punto tal, que nuestra revolución fue en sus inicios abiertamente monárquica.

Y como bien expresara Hugo Wast: “¿A esta revolución sin crímenes que fuera nuestra se pretende encontrar un retoño de la francesa que se prostituyó sólo en la diosa razón y fusiló, guillotino, a millares de ciudadanos, hombres y mujeres y hasta niños?”.

La Revolución Francesa fue republicana, mientras que la nuestra fue en sus comienzos abiertamente monárquica.
La Revolución de Mayo fue católica al punto tal que el 30 de mayo de 1810, a 5 días de la revolución, concurrió la Junta Gubernativa en pleno a una misa de acción de gracias celebrando el cumpleaños del Rey y la instalación del nuevo gobierno.
Cuando estalló la Revolución de Mayo habían pasado veinte años de la Revolución Francesa y en 1810 estaba harto desacreditada en el mundo y especialmente en la América española, tanto por sus crímenes como por sus resultados. Por lo tanto esta revolución no tenía nada de admirada, más bien producía horror.

En ningún documento de la época, en ningún manifiesto de las autoridades, ni en ningún periódico de los días de la revolución argentina hay la más leve mención de la Revolución Francesa como inspiradora de la nuestra.
Más bien todo lo contrario.
En el periódico “La Abeja Argentina” se señalaba que “la Revolución Francesa defraudó a sus seguidores, por lo cual ellos debían evitar seguir los pasos de esa Revolución”.

En sesión del Cabildo de Buenos Aires, del 5 de febrero de 1811, se tomó la resolución de prohibir la circulación entre los escolares de 200 ejemplares del “Contrato Social” de Rousseau, que Moreno había recomendado. El acta del Cabildo decía: “Reflexionaron dichos Cabildantes que la parte reimpresa del Contrato Social de Rousseau no era de utilidad a la juventud y antes bien pudiera ser perjudicial…y en vista de todo creyeron inútil, superflua y perjudicial la compra que se ha hecho de los doscientos ejemplares de dicha obra. Determinaron, en consecuencia, que se llame al impresor y se le proponga si quiere recibirse de ellos para expenderlos de su cuenta…”.

La Gazeta de Buenos Aires en su número 49 del 16 de mayo de 1811 reproducía en sus páginas: “Se ha dicho que la revolución dará la vuelta al mundo; y por desgracia podrá esto ser verdad; pero la Revolución Francesa es un saludable ejemplo para precaver las revoluciones ulteriores. Los crímenes y atrocidades de los revolucionarios de Francia, sus absurdos despropósitos, teorías, etc, son el mejor antídoto para los demás pueblos, que seducidos por intrigantes infames, o por ambiciosos viles, o por extraviados ilusos, tengan la desgracia de sufrir consecuencias políticas: las que Buenos Aires, Santa Fe, Quito, Caracas y Querétaro han experimentado, no son de aquella naturaleza”.

Asimismo, La Gazeta del 28 de octubre de 1810 publicó la “Canción Patriótica” que en sus estrofas rezaba:

“No es la libertad
que en Francia tuvieron
crueles Regicidas
Vasallos perversos.
Allí la anarquía
Extendió su imperio
Lo que es nosotros
Natural derecho
El mismo derecho
Que tiene la España
De elegir gobierno:
Si aquella se pierde
Por algún evento,
No hemos de seguir la suerte de aquellos.
Nuestro Rey Fernando
Tendrá en nuestros pechos
Su solio sagrado
Con amor eterno:
Por Rey lo juramos
Lo que cumpliremos
Con demostraciones
De vasallos tiernos
Amor, paz y unión
Sea nuestro objeto,
Y la religión
Del Dios verdadero”.


Pero como si todo lo dicho y documentado fuera poco, recurriremos a la doctrina que el eminente historiador, Enrique Díaz Araujo, hizo en su documentado “Mayo revisado”. Allí Araujo efectuó una recopilación de distintos historiadores y sus respectivos juicios en lo que hace a la supuesta relación causal entre la Revolución Francesa y la Revolución de Mayo. 
Así, sostenía André Marius: “Toda la América Española sentía horror por las ideas revolucionarias francesas, permaneciendo fiel a su rey”; el peruano Francisco Javier de Luna Pizarro mencionaba: “el ejemplo horrible de Francia, en el cual el tribunal de sangre establecido por la Convención había resultado superior a ella”; Ricardo Caillet-Bois admitía que: “la muerte de Luis XVI y la persecución sufrida por el clero francés provocaron un vuelco de la opinión pública; a partir de ese instante el movimiento francés fue mirado con cierto horror”; los historiadores argentinos –nada revisionistas ni hispanistas, por cierto- Carlos Alberto Floria y César García Belsunce reconocían: “…en la retina de las generaciones posteriores al 89 o situadas en parajes distantes y con distintas costumbres y mentalidad, como las rioplatenses, la imagen revolucionaria era difusa e indeseable. 

No sería extraño, pues, que Francia –al menos la Francia de la revolución- fuera anatema para los representantes del antiguo régimen o para los creyentes en los valores tradicionales…”; Sergio Villalobos en tanto, acepta que la Revolución Francesa: “provocó reacciones en contra.
La prisión y muerte de la familia real, perteneciente a la misma casa reinante en España, la violencia y los desbordes populares, el aplastamiento de la nobleza y los rasgos de impiedad del movimiento, causaron horror en todos los círculos. 
La orgía de sangre y el trastorno del orden, en contraste con la estabilidad del régimen monárquico, suscitaba comparaciones muy desfavorables”; el profesor y catedrático de la Universidad de Londres decía: “A medida que la Revolución Francesa se volvía más radical y se conocía mejor, atraía menos a la aristocracia criolla. La vieron como un monstruo de democracia extrema y anarquía”; el autor francés Raymond Ronze reconocía: “Los franceses son execrados en España y sus amigos españoles, los afrancesados, caen bajo la misma maldición. A Buenos Aires no le agradan ni los unos ni los otros”; y finalmente, Eduardo Aunós expresaba: 
“…Porque si la América española se sublevó, no lo hizo en manera alguna a favor de la Revolución (Francesa), sino resueltamente en contra de ella. Fue, al principio, un estallido de patriotismo y de fidelidad. Siguiendo el ejemplo metropolitano, la América española se alzó para rechazar la dinastía extranjera e impuesta… el repudio del invasor era tan enérgico en América como en la Península”.

Ya sin seguir la justísima recopilación de Díaz Araujo nosotros mencionamos también al Dr. Ricardo Levene quien sostenía: “La Revolución de 1810 está enraizada en su propio pasado y se nutre en fuentes ideológicas hispanas e indianas. Se ha formado durante la dominación española y bajo su influencia, aunque va contra ella, y sólo periféricamente tienen resonancia los hechos y las ideas del mundo exterior a España e Hispano-América, que constituía un orbe propio. Sería absurdo filosóficamente concebir la Revolución de Mayo como un acto de imitación simiesca, como un epifenómeno de la Revolución francesa o de la Revolución norteamericana. El solo hecho de su extensión y perduración en veinte Estados libres es prueba de las causas lejanas y vernáculas que movieron a los pueblos de América a abrazar con fe la emancipación…”.

Y rematamos con un insospechado de hispanófilo, el liberal Juan Bautista Alberdi quien admitía: “Antes de la proclamación de la República, la soberanía del pueblo existía en Sud-América como hecho y como principio en el sistema municipal, que nos había dado España (…) Los cabildos o municipalidades, representación elegida por el pueblo, eran la autoridad que administraba en su nombre, sin ingerencia del poder. Este sistema, que es hoy la base de la libertad y del progreso de los Estados Unidos de Norte América, existía en gran parte en América del Sur antes de la revolución republicana, la cual, extraviada por el ejemplo del despotismo moderno de la Francia que le servía de modelo, cometió el error de suprimirlo”.

Creemos que es suficiente como para aclarar lo que aquellos interesados en falsear la historia pretenden instalar como verdad revelada. Y damos como suficientemente probado la nula influencia y/o relación entre nuestra revolución con la regicida Revolución Francesa.

Bibliografía:

WAST, Hugo, Año X, Thau Editores, Bs As, 1961.
DIAZ ARAUJO, Enrique, Mayo revisado I, Santiago Apóstol, Buenos Aires, 2005.

sábado, 13 de julio de 2019

LOS VALORES FUNDACIONALES


 DE LA ARGENTINA Y EL ORDEN CONSTITUCIONAL
Xavier De Bouillon
DEBA TIME  en 10 julio, 2019
Los valores fundacionales y tradicionales de la Argentina son los heredados de la Hispanidad y de nuestra Constitución Tradicional no escrita, cuyo núcleo fundamental fuera recogido por la Carta Magna de 1853 en lo que el Dr. Bidart Campos llamaba los “contenidos pétreos” de la misma. Pero en la Constitución de 1853 se recogieron también principios y normas contradictorios con esos valores fundacionales o lesivos de nuestra soberanía política. De allí la justa crítica de Arturo Sampay a la influencia del Iluminismo en la Constitución de 1853. Esto se explica porque fue un acuerdo frágil entre sectores antagónicos (precedido por la gran traición y derrota nacional con el Imperio del Brasil que implicó la batalla de Caseros), y que es una de las causas de nuestra falta de estabilidad política.

Distinto fue en tal sentido el caso de los EE.UU, cuyos Padres Fundadores no renegaron de la tradición política y jurídica británica, salvo en algunas cuestiones secundarias. De todas maneras, si por valores de la Constitución de 1853 nos estamos refiriendo a esos contenidos pétreos que decía Bidart Campos, a las exigencias de los pactos preexistentes que son subordinantes de la Constitución escrita según enseñaba el Dr. César Enrique Romero o a la recepción de lo más importante de nuestra Constitución Tradicional no escrita en palabras del Dr. Héctor H. Hernandez, entonces sí podemos decir que esos valores son fundacionales y tradicionales. Sobre todo en relación a la invocación de Dios como fuente de toda razón y justicia.

Al respecto han dicho los Dres. Eduardo Ventura y Alejandro A. Domínguez Benavides: “El ordenamiento jurídico argentino se subalterna a los principios del derecho natural en clave cultural católica, y bajo esta luz debieran interpretarse no sólo las propias disposiciones de la Constitución Nacional, sino el resto del sistema jurídico”. Y fundamentan lo dicho del siguiente modo: “En la reforma constitucional de 1860, los miembros de la comisión encargada de redactarla ratificaron el carácter iusnaturalista clásico de la Constitución. Así surge del Informe producido, donde puede leerse:´el derecho civil, el derecho constitucional, todos los derechos creados por las leyes (…) pueden variar,(…) pero los derechos naturales, tanto de los hombres como de los pueblos constituidos por la Divina Providencia siempre deben quedar firmes e inmutables”.

De modo similar actuó Vélez Sarsfield al dar a la Iglesia Católica el carácter de persona jurídica de derecho público, en consonancia con el art. 2 de la Constitución Nacional. Pero es importante afirmar que éste y otros valores no son tradicionales porque los haya establecido la mentada Constitución sino al revés: los reconoció como tales porque ya eran tradicionales. Vienen de las actas fundacionales de nuestras primeras ciudades en el siglo XVI, de la legislación hispano-indiana  que rigió hasta la segunda mitad del siglo XIX y cuyos principios subsisten, de las disposiciones de la Primera Junta en 1810, del Acta de Declaración de la Independencia de 1816, de su fundamentación en el Manifiesto a las Naciones de 1817, de las constituciones provinciales y pactos celebrados a partir de 1820 y sobre todo del Pacto Federal de 1831, de la Institución Encargado de las Relaciones Exteriores de 1827 y del Acuerdo de San Nicolás de 1852.
Son valores algunos universales (no sujetos pues a debate) y otros propios de nuestra idiosincracia, que por lo mismo no pueden ni deben modificarse salvo que se diera un cambio substancial en las características de nuestro pueblo. Para defenderlos, veamos cuáles son y si han sido conculcados multitud de veces, recordemos que no por eso han perdido su legitimidad. Nos estamos refiriendo a la confesionalidad católica del Estado; al régimen político republicano, presidencialista, representativo y federal; y a los derechos y deberes naturales de la persona humana. A lo cual hay que agregar los valores nombrados en el Preámbulo, cuya naturaleza operativa y no meramente programática, ha sido reconocida por la Corte Suprema de Justicia de la Nación.
Dichos valores son: la unión nacional, la justicia, la paz interior, la defensa común, el bienestar general y los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los habitantes del mundo que quieran habitar el suelo argentino. Como la Constitución codificada debe interpretarse a la luz de los principios y normas de la Constitución Tradicional y de la Ley Natural y Divina, es siguiendo esos criterios como debemos sostener qué se entiende por moral, por justicia, por paz, por derechos humanos, etc. Y en tal sentido, más que al magisterio de Echeverría o de Alberdi (sin negar lo que tengan de positivo) o de la jurisprudencia norteamericana, es importante tener en cuenta el pensamiento político clásico- cristiano (Aristóteles, Cicerón, San Agustín, San Isidoro de Sevilla, Santo Tomás de Aquino y la Escolástica española) como el de Padres de la Patria independiente que dejaron escritos muy luminosos en materia constitucional, como es el caso de Cornelio Saavedra, Manuel Belgrano, José de San Martín, el Padre Castro Barros, el Padre Castañeda, Tomás Manuel de Anchorena o, con posterioridad, el de patriotas cercanos en el tiempo a 1853 como Fray Mamerto Esquiú, Mariano Fragueiro (cuyo proyecto económico fue aprobado por el Congreso Constituyente, pero nunca se aplicó), José Benjamín Gorostiaga, Félix Frías, José Manuel Estrada, entre otros.
Allí debe estar nuestro norte, el marco axiológico desde el cual juzgar el presente político y nuestros proyectos a futuro. De todo esto se desprende que el laicismo, la dictadura del relativismo, la ideología de género, el individualismo, el colectivismo, la cultura de la muerte y el garantismo abolicionista son contrarios a los valores fundacionales y tradicionales de nuestra Patria. Rescatemos pues a la Argentina a partir de estos valores