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martes, 14 de diciembre de 2021

TEMA DE DEBATE: INGRESO UNIVERSAL

 Debido a que ha comenzado en el país un debate sobre el ingreso universal -se menciona con diferentes nombres-, nos interesa archivar en esta etiqueta los aportes que recibamos aunque discrepen entres sí, para contribuir al esclarecimiento de un tema esencial para el futuro de la humanidad.

Iniciamos con la reiteración de la opinión, ya publicada, de Eduardo Duhalde.

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Renta básica universal: una idea para considerar


Eduardo Duhalde


La Nación, 23 de junio de 2020 

 

En el año 2010 publiqué un libro titulado La Renta Básica Universal, (RBU) de Tomás Moro al Hambre Cero. En él desarrollaba una propuesta, nacida en la Universidad Católica de Lovaina, pero que tiene fuertes raíces en Occidente desde la aparición del Humanismo. De ahí la mención a Tomás Moro. La idea de una Renta Básica Universal es simple: se trata de garantizar a todos los integrantes de una comunidad -un país, una provincia, un territorio- un ingreso en efectivo mensual que asegure las mínimas condiciones de subsistencia, sin ningún tipo de condicionamiento o contraprestación.

 

Los argumentos a favor de una medida de este tipo son múltiples pero enumeraremos solo dos:

·         Desde el punto de vista filosófico, esta idea parte de la noción de la libertad como autogobierno, propia de la tradición política republicana. El núcleo básico de esta definición de libertad es que aquel que no dispone de una base material suficiente para garantizarse una existencia social autónoma, tendrá que sobrevivir pidiendo permiso a terceras personas y, por lo mismo, se verá en mayor o menor medida sometido a la voluntad de estas. Por lo tanto, no será libre.


·         Desde el punto de vista económico, el argumento actual es que la Renta Básica Universal (RBU) permite la adaptación de la economía a la nueva realidad definida por el progreso tecnológico, que a través de la "robotización" y del desarrollo de la Inteligencia Artificial hará que disminuya el número de puestos de trabajo y aumente el número de desocupados. Un mundo así solo puede ser sostenible si se garantiza un ingreso mínimo para todos.


La idea, que en su momento fue apoyada por liberales como Milton Friedman, hoy solamente se aplica plenamente en el estado de Alaska. Allí, todos los adultos con más de seis meses de residencia en el territorio reciben una suma anual, ligada a los beneficios de los contratos petroleros que el estado tiene. Los menores de 16 años reciben la mitad de esa suma. Desde que se implantó, en 1982, la idea ha reunido cada vez más consenso, al punto de que en este momento ya hay varios países encaminados, por distintas metodologías, a implementarla.


Baste decir que, entre otras iniciativas, hay programas piloto funcionando en cuatro ciudades de Canadá; que varias regiones de España tienen una asignación de estas características para la juventud; que en Finlandia se lanzó un plan para avanzar en la posibilidad de establecerla; que en Suiza se votó (aunque se rechazó) un proyecto encaminado en ese sentido y que en diversos países de África se aplica, aunque en forma sumamente limitada.

 

Pero lo que quiero destacar en este artículo es que, en estos momentos, vuelve a surgir con fuerza la propuesta de establecer en distintos países de Europa una RBU, con el objetivo de garantizar a todos y cada de los ciudadanos, sin importar cuales sean sus ingresos, un mínimo de dinero que pueda ayudarnos en una situación crítica como la de la pandemia actual. El Papa Francisco ha mencionado la posibilidad en su alocución de Pascua, y el vicepresidente del Banco Central Europeo, Luis de Guindos, conocido por su rigor presupuestario, abogó recientemente por una "renta mínima de emergencia" para que nadie se quede sin ingresos durante esta crisis. Otro tanto hizo Kristalina Georgieva, directora gerente del Fondo Monetario Internacional, que opinó recientemente que "el ingreso mínimo español es un buen instrumento por la igualdad".


En la Argentina la salida de la pandemia dejará una economía de muy difícil gestión, que golpeará sobre todo a los sectores más desamparados que se enfrentarán a un panorama de carencias y dificultades inédito en la historia reciente. Pero también va a afectar a los sectores medios. En definitiva, un 80% de la población.

 

Sin embargo, también hay que reconocer que, junto con los problemas, el coronavirus nos ha traído la posibilidad -la imperiosa necesidad, diría- de pensar fuera de los esquemas habituales, de buscar soluciones que no están regularmente en las agendas políticas, de abrirnos a ideas que eluden la lógica conservadora de los poderes establecidos.

 

En estos días tanto desde el Gobierno como desde otros sectores, la Renta Básica Universal se ha puesto en la agenda de discusiones. Es auspicioso. Ahora solamente falta que el tema se discuta con argumentos, con datos, con conocimientos y no, como suele ocurrir, con la salida fácil de la chicana, el prejuicio y la descalificación. Sería un gran avance en el horizonte de los menos favorecidos de nuestro país.


Expresidente de la Nación

 

 

 

 

domingo, 26 de julio de 2020

RENTA BÁSICA UNIVERSAL



Por Ximena Casas
Infobae, 26 de Julio de 2020

El Gobierno ya está analizando distintas alternativas para implementar un programa de renta básica o ingreso básico universal luego de la cuarentena. La idea es que reemplace al Ingreso Familiar de Emergencia (IFE), el programa que ofrece un bono de $10.000 a trabajadores informales, monotributistas sociales y empleadas domésticas, y que en agosto iniciará su tercera ronda de pago.

En las alternativas para implementar el programa están trabajando la Jefatura de Gabinete, tres ministerios -Economía, Desarrollo Social y Trabajo- y la Anses que por su capilaridad será la encargada de llegar a los futuros beneficiarios. Hasta ahora, en lo que coinciden es que el beneficio reemplazará al pago del IFE, pero no a otras prestaciones como la Asignación Universal por Hijo (AUH) o embarazo, que se mantendrán como hasta ahora.

Hasta ahora en lo que coinciden los organismos que analizan el cambio es que se reemplazará al pago del IFE, pero no abarcará a otras prestaciones como la Asignación Universal por Hijo (AUH) o embarazo
“Se está pensando en un beneficio para personas en mayor estado de vulnerabilidad luego de la cuarentena. El IFE dejó un mapa claro de la situación”, comentaron fuentes cercanas al Gobierno. En ese mapa, por ejemplo, quedó en evidencia que 4 millones de personas nunca habían tenido un trabajo en blanco o una cuenta bancaria. Ese número sería el piso de beneficiarios a los que está pensando llegar el Gobierno con la renta o el ingreso universal.

Una de las opciones más avanzadas es que el programa estará también orientado hacia el empleo. Por ejemplo, una de las posibilidades en estudio es que las personas que lo reciban tengan además un proceso de capacitación y de inserción laboral en el sector privado. Por ejemplo, que las empresas puedan emplear a los beneficiarios, en una primera instancia, con fondos del Estado.

Otro aspecto importante en el que se trabaja es que no haya intermediarios entre el Estado y los beneficiarios. “Que el registro y el criterio de elección esté en manos del Estado y no de organizaciones intermedias”, destacaron los informantes.

“En el mundo ya hay un debate sobre el ingreso universal, a la luz de la inequidad y de las vulnerabilidades desnudadas por la pandemia. Más aún en países en desarrollo, donde el 50% de los trabajadores son precarios con ingresos inestables que caen a pique en las crisis. Pero no hay que confundir los términos: pocos países en desarrollo tienen los recursos fiscales para un ingreso universal”, señaló el economista Eduardo Levy Yeyati, decano de la Escuela de Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella.

 “Lo que hoy se discute son extensiones de los programas existentes, como la AUH para menores o la PUAM para adultos mayores o el reciente IFE. En este sentido, las propuestas apuntan a un piso de ingreso para eliminar la pobreza extrema y el hambre, más que a una renta universal para la que deberíamos ver primero un fuerte crecimiento del ingreso per cápita y una recomposición de las cuentas públicas”, agregó.

Aunque aun no hay precisiones sobre la implementación, podría considerarse como un ingreso mínimo universal a una transferencia equivalente a la línea de indigencia, no por hogares como el IFE, sino por persona, a los mayores de 18 años que no perciban ingresos. En ese caso, cada beneficiario debería tener una cuenta bancaria gratuita.

Antecedentes internacionales y limitaciones

Sin embargo, Levy Yeyati alertó sobre las dificultades que suelen tener los programas de inserción laboral. “Hoy los programas sociales ya piden esa contraprestación laboral, que suele reducirse al filtro de las organizaciones sociales, sin creación genuina de trabajo. Es ingenuo pensar que los beneficiarios de estos programas conseguirán un empleo en relación de dependencia: la Argentina, como muchos países en desarrollo, no crea suficientes empleos ni siquiera para su clase media formada, por eso los únicos trabajos que crecen son los precarios, independientes o informales”.


“Pedir una contraprestación laboral suena bien pero en la práctica es una invitación a inventar trabajos ficticios y solo fortalece el rol de los intermediarios. Tiene más sentido que el programa sea universal, es decir, no condicionado, acompañado de un programa serio de formación y certificación laboral”, opinó Levy Yeyati.
La financiación del programa, en tiempos de aumento del gasto público, será una de las claves. “Esos programas requieren aumento de gasto permanente, no de única vez. Por lo tanto hay que saber que, a menos que reemplaces otros programas, el gasto total aumentará. La Argentina tiene déficit crónico que no puede financiar”, advirtió Juan Luis Bour, director de la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas (FIEL).

A nivel global, hubo varios intentos en Europa de implementación programas de renta básica. En Finlandia, entre 2017 y 2018, estuvo dirigido a desempleados a los que se les dio 560 euros, pero no fue continuado. En Barcelona, en 2018, hubo un proyecto (B-Mincome) para familias de barrios pobres. Y en Suiza se realizó un referéndum para ver si la población estaba de acuerdo, pero fue rechazado. Ahora, con la crisis pospandemia, el tema se vuelve a debatir.
 “En la Argentina se podría hacer un ingreso universal reemplazando a todo el gasto asistencial que está muy superpuesto y desordenado, con repartos de dinero del Misterio de Desarrollo Social hacia las organizaciones sociales. Se puede llegar a pensar en unificar todo el gasto asistencial en una renta universal, pero no sería una solución a la pobreza“, detalló Jorge Colina, de Instituto para el Desarrollo Social Argentino (Idesa).


“Los países avanzados llegan a pensar en un ingreso universal porque todo el mundo genera ingreso y la mayoría altos ingresos. La Argentina es un país muy empobrecido, donde la gran mayoría es pobre. Es muy inconsistente en la Argentina”, agregó Colina.

miércoles, 22 de julio de 2020

IMPUESTOS Y AYUDA SOCIAL DEL ESTADO



En Argentina, los impuestos indirectos que se pagan al adquirir bienes o servicios representan una alta carga tributaria, que afecta sobre todo a quienes menos ganan.
Como el país arrastra un problema estructural para enfrentar la pobreza y en breve la mitad de la población podría ser pobre, el dato justifica reclamar una vez más que toda la dirigencia política y social se ponga de acuerdo en una reforma impositiva.

Un estudio del Instituto Argentino de Análisis Fiscal (Iaraf) demuestra cuán regresivos son, ya que absorben una proporción mayor de los ingresos en los salarios más bajos.
Una persona que percibe 50 mil pesos por mes le aporta al Estado un 23,57 por ciento de ese monto en impuestos indirectos. Pero si el salario fuese de 110 mil pesos, los impuestos indirectos apenas representarían el 19,3 por ciento. Ahora, si se trata de un ingreso del orden de 240 mil pesos, los impuestos indirectos insumen sólo el 14,8 por ciento.

En los menores ingresos aumenta el impacto porque esas personas destinan una porción mucho mayor de lo que perciben al consumo que al ahorro. Un reciente informe del Indec advierte que, a comienzos de este año, el 60 por ciento de la población ocupada registraba ingresos inferiores a 29 mil pesos.

Estamos frente a un círculo vicioso que urge corregir lo antes posible: el Estado siempre termina asistiendo a quienes menos ganan; pero quienes menos ganan son quienes más impuestos le abonan al Estado.


Fuente: La Voz del Interior, editorial, 22-7-20

jueves, 16 de julio de 2020

APOSTILLA SOBRE EL IBU



Andrés Torres

En su columna del lunes 13 de julio el periodista Carlos Pagni se refirió a la discusión que se está produciendo en el seno del Gobierno Nacional acerca de un eventual INGRESO BASICO UNIVERSAL.

Reproducimos el extracto:

“La tercera discusión interesantísima: el ministro de Desarrollo Social, Daniel Arroyo, está pensando en establecer una prestación universal que sustituya a este Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) que reciben aquellos que no tienen otro tipo de compensación por parte del Estado y que están en una situación de pobreza grave. Desde el lado de los movimientos sociales lo aprueban, pero piden que el beneficio sea "ganado" de alguna manera. Es un planteo que uno no espera que venga de la izquierda y de los movimientos sociales: "si no trabajan que no cobren". Pero esos movimientos esperan una contraprestación de ese dinero para poder controlar las prestaciones. Es decir, para poder intermediar entre el beneficiario y el Estado, porque esa es la forma en que se alimentan maquinarias gigantescas de clientelismo. Muchos dirigentes sociales pasan listas en las marchas y, al que no va, le suspenden el subsidio. Algunos hasta reciben una parte de la prestación, montando una industria de la pobreza. En este clima que estamos viviendo, dramático, donde la pobreza podría pesar 50%, sigue habiendo este tipo de perversiones.”


Es interesante, porque una cosa es oponer un reparo moral al IBU sosteniendo que si no se lo acompaña de una contraprestación laboral se fomenta la vagancia y se va en contra del precepto que sindica la dignidad del trabajo humano, y otra cosa muy distinta es forzar a que el IBU implique tareas obligatorias para que los punteros (y algunos movimientos sociales)  sigan manejando planes como botín y caja de financiamiento propio.

domingo, 28 de junio de 2020

IBU Y PANDEMIA




Andrés Torres

27-6-20

 Cuando comencé  a informarme sobre las alternativas de economía política que postulan un Ingreso Básico Universal no me imaginaba, como muchos de mis conciudadanos, que nos enfrentaría este extraño y contundente nuevo escenario de la “pandemia” y la virtual parálisis del mundo que se sindicó como su consecuencia. En ese momento, las razones que fundaban la búsqueda de dispositivos como el IBU se ubicaban en el auge del desempleo tecnogénico y el colapso del estado de bienestar, pero ahora la combinación de COVID-19 con cuarentenas ha dado una razón más para acelerar la búsqueda de soluciones para un mundo que promete empobrecerse aún más, especialmente en los países económicamente subdesarrollados.

En sintonía con esas búsquedas se agitó y embraveció fuertemente el panorama mundial del debate y las propuestas legislativas en todo el mundo, y recientemente, en España ya hay una renta básica universal (de ribetes muy polémicos) aprobada con el voto de todas las fuerzas excepto Vox, que se abstuvo.
En nuestro país ya hay dirigentes que militan por iniciativas por el estilo como el referente Juan Grabois, y el expresidente Eduardo Duhalde que se ha pronunciado al respecto.

 Ante este panorama cabe plantearse una moción de suma prudencia, que no debería impedirnos indagar la viabilidad de un sistema de IBU, pero que sin embargo debería contemplar, a mi entender, ciertas prevenciones:

 1.  Que un eventual IBU no se convierta en una forma de pronunciar a un grado extremo e intolerable el estatismo y el clientelismo político lo que traería nefastas consecuencias porque detrás de muchos promotores del IBU están enemigos declarados al derecho humano de la propiedad y de evidente filiación comunista o colectivista.

2.  Que los medios y sistemas de financiamiento impliquen la protagónica participación de las instituciones intermedias, incluidas las empresas y sindicatos,  apelando al principio de subsidiariedad, ya que si se propugna un IBU como alternativa permanente no puede ser el Estado el dispensador gracioso de la renta, ya que no estaríamos hablando de una emergencia temporaria sino de una nueva era en las relaciones socioeconómicas a nivel mundial.

3.  Que el IBU no esté atado a contingencias económicas momentáneas ni encubra condicionamientos que van en contra de su esencia, según se lo ha conceptualizado precedentemente.

4.  Que, como acotaron los partidarios de VOX en España, el IBU no divorcie la noción del ingreso ciudadano con el de alguna contribución en trabajo del beneficiario a la comunidad, entendiendo el trabajo en un sentido amplio y que excede el concepto de “empleo”, para lo que también cabe encontrar fórmulas que compatibilicen la legitimidad de la renta básica (de acuerdo al principio del destino universal del los bienes) con el trabajo como inherente al hombre para su propia perfección (Laborem exercens, 26).


Renta básica universal: una idea para considerar


La Nación, 23 de junio de 2020  

En el año 2010 publiqué un libro titulado La Renta Básica Universal, (RBU) de Tomás Moro al Hambre Cero . En él desarrollaba una propuesta, nacida en la Universidad Católica de Lovaina, pero que tiene fuertes raíces en Occidente desde la aparición del Humanismo. De ahí la mención a Tomás Moro. La idea de una Renta Básica Universal es simple: se trata de garantizar a todos los integrantes de una comunidad -un país, una provincia, un territorio- un ingreso en efectivo mensual que asegure las mínimas condiciones de subsistencia, sin ningún tipo de condicionamiento o contraprestación. 

Los argumentos a favor de una medida de este tipo son múltiples pero enumeraremos solo dos:
·         Desde el punto de vista filosófico, esta idea parte de la noción de la libertad como autogobierno, propia de la tradición política republicana. El núcleo básico de esta definición de libertad es que aquel que no dispone de una base material suficiente para garantizarse una existencia social autónoma, tendrá que sobrevivir pidiendo permiso a terceras personas y, por lo mismo, se verá en mayor o menor medida sometido a la voluntad de estas. Por lo tanto, no será libre.
·         Desde el punto de vista económico, el argumento actual es que la Renta Básica Universal (RBU) permite la adaptación de la economía a la nueva realidad definida por el progreso tecnológico, que a través de la "robotización" y del desarrollo de la Inteligencia Artificial hará que disminuya el número de puestos de trabajo y aumente el número de desocupados. Un mundo así solo puede ser sostenible si se garantiza un ingreso mínimo para todos.
La idea, que en su momento fue apoyada por liberales como Milton Friedman, hoy solamente se aplica plenamente en el estado de Alaska. Allí, todos los adultos con más de seis meses de residencia en el territorio reciben una suma anual, ligada a los beneficios de los contratos petroleros que el estado tiene. Los menores de 16 años reciben la mitad de esa suma. Desde que se implantó, en 1982, la idea ha reunido cada vez más consenso, al punto de que en este momento ya hay varios países encaminados, por distintas metodologías, a implementarla.
Baste decir que, entre otras iniciativas, hay programas piloto funcionando en cuatro ciudades de Canadá; que varias regiones de España tienen una asignación de estas características para la juventud; que en Finlandia se lanzó un plan para avanzar en la posibilidad de establecerla; que en Suiza se votó (aunque se rechazó) un proyecto encaminado en ese sentido y que en diversos países de África se aplica, aunque en forma sumamente limitada.

Pero lo que quiero destacar en este artículo es que, en estos momentos, vuelve a surgir con fuerza la propuesta de establecer en distintos países de Europa una RBU, con el objetivo de garantizar a todos y cada de los ciudadanos, sin importar cuales sean sus ingresos, un mínimo de dinero que pueda ayudarnos en una situación crítica como la de la pandemia actual. El Papa Francisco ha mencionado la posibilidad en su alocución de Pascua, y el vicepresidente del Banco Central Europeo, Luis de Guindos, conocido por su rigor presupuestario, abogó recientemente por una "renta mínima de emergencia" para que nadie se quede sin ingresos durante esta crisis. Otro tanto hizo Kristalina Georgieva, directora gerente del Fondo Monetario Internacional, que opinó recientemente que "el ingreso mínimo español es un buen instrumento por la igualdad".
En la Argentina la salida de la pandemia dejará una economía de muy difícil gestión, que golpeará sobre todo a los sectores más desamparados que se enfrentarán a un panorama de carencias y dificultades inédito en la historia reciente. Pero también va a afectar a los sectores medios. En definitiva, un 80% de la población.

Sin embargo, también hay que reconocer que, junto con los problemas, el coronavirus nos ha traído la posibilidad -la imperiosa necesidad, diría- de pensar fuera de los esquemas habituales, de buscar soluciones que no están regularmente en las agendas políticas, de abrirnos a ideas que eluden la lógica conservadora de los poderes establecidos.

En estos días tanto desde el Gobierno como desde otros sectores, la Renta Básica Universal se ha puesto en la agenda de discusiones. Es auspicioso. Ahora solamente falta que el tema se discuta con argumentos, con datos, con conocimientos y no, como suele ocurrir, con la salida fácil de la chicana, el prejuicio y la descalificación. Sería un gran avance en el horizonte de los menos favorecidos de nuestro país.
Expresidente de la Nación



jueves, 18 de junio de 2020

INGRESO CIUDADANO



 COMPATIBLE CON EL DERECHO NATURAL*

El concepto de Ingreso Ciudadano, representa un crédito fiscal, reconocido a toda persona, con un monto que le garantice poder cubrir sus necesidades básicas, sin otra condición que la ciudadanía. Consideramos que esta fórmula de redistribución de la riqueza es compatible con los principios del Derecho Natural.
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Se acaba de publicar un artículo del conocido publicista Juan Manuel de Prada:


Aunque coincidimos con la crítica al sistema económico vigente, discrepamos con el rechazo a la renta básica (o ingreso universal) como instrumento eficaz para lograr un equilibrio social y evitar la pobreza masiva que no se justifica en nuestra época. Si el autor reconoce que el desempleo -que ya hace estragos- "alcanzará una magnitud pavorosa"  pues se calcula "que un cincuenta por ciento de los puestos de trabajo hoy existentes serán desempeñados por máquinas", no basta con denunciar a los poderosos que aprovechan el aumento mundial de la productividad.
Precisamente, el capitalismo liberal ha impuesto el criterio de que el trabajo se reduce al empleo remunerado, ignorando que todo esfuerzo humano merece esa denominación, aunque no reciba un beneficio económico.

Publicamos a continuación una ponencia presentada en el año 2005, con la esperanza de contribuir al esclarecimiento de este tema complejo.
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1. La situación actual del mundo, en la era de la globalización, puede resumirse en dos datos: 3.000 millones de personas -la mitad de la población mundial- viven con menos de dos dólares diarios; de ellos, 1.200 millones perciben menos de un dólar diario[a]. No se ha llegado a esta situación por obra de la casualidad, ni por calamidades naturales, sino como consecuencia de un sistema económico perverso.
Como señalaba Francois Perroux, “desde que existe, la economía industrial y capitalista ha registrado los más mediocres resultados: la mitad de la humanidad está sometida a un régimen infrahumano, oprimida por la enfermedad, la muerte y la ignorancia” [b]. En efecto, esta situación es resultado del capitalismo liberal, que actuando con libertad sin límites, “opera a modo de bomba que acumula en unas partes las riquezas que desaloja de otras” [c], provocando que convivan la riqueza producida, con la miseria de muchos.

Como enseña Juan Pablo II, los que carecen de las ventajas del desarrollo son bastante más numerosos que los que disfrutan de ellas; y esto no sucede por responsabilidad de los indigentes, ni mucho menos por una especie de fatalidad de las circunstancias (Sollicitudo rei socialis, 9).
Una de las consecuencias que acarrea este sistema económico es la desocupación masiva. En realidad, “las empresas no toman mano de obra por la excelente razón de que no la necesitan” [d]. Existe una curiosa resistencia a admitir esta realidad; se insiste, por ejemplo, en reformar los planes educativos para otorgar a los jóvenes una salida laboral, reduciendo o suprimiendo las asignaturas humanistas, para acentuar las técnicas. Intento inútil, pues la demanda de trabajo supera ampliamente la oferta. Este fenómeno se ha ido generando paulatinamente en la civilización moderna, que ha girado siempre en torno del concepto de trabajo, lo que explica el desconcierto que produce la notoria disminución del factor laboral en el actual proceso productivo.

Para lord Beveridge (1944) el pleno empleo era una situación en que el número de desempleados equivalía al número de vacantes. En la década del 50, se aceptaba como pleno empleo un 3 % de desocupación. En 1958, Phillips concluyó que existía una correlación estadística inversa entre la variación de los salarios nominales y el nivel y la variación del desempleo, conocida como la Curva de Phillips; esto llevó a pensar que para lograr disminuir la tasa de inflación, era inevitable un aumento del desempleo [e].

El sistema capitalista basa su organización en la separación entre los dueños de los medios de producción y los vendedores de su trabajo, reduciendo el concepto de trabajo al de empleo remunerado, siendo esta modalidad de trabajo la fuente única o principal de ingresos. Aunque se usen como sinónimos, trabajo y empleo, son conceptos diferentes. El empleo es la modalidad que el trabajo presenta en la sociedad contemporánea, como actividad remunerada por un empleador. “El trabajo es toda acción transeúnte productora de una obra” [f].

Los gobiernos neoliberales encaran el problema del desempleo con la desregulación del trabajo y con la fórmula del workfare -exigir la disposición a trabajar, como requisito para acceder a la seguridad social. La flexibilización ha logrado frenar el desempleo, pero generando empleos con bajos salarios, que no superan la línea de pobreza, y obligan a quienes los perciben a recibir la asistencia del Estado para sobrevivir. Un ejemplo de workfare es el plan argentino de Jefes y Jefas de Hogar, ya que otorga una ayuda económica a desocupados, con un monto que no cubre ni la canasta básica alimentaria, y se exige el compromiso -no siempre concretado- de una contraprestación laboral.
La situación actual afecta a las personas con daños psíquicos, marginación social y privación económica, incidiendo también en el grupo familiar. La inseguridad laboral alcanza también a quienes tienen empleo, pero temen perderlo, y a quienes carecen de empleo y desesperan de poder lograrlo.

El desempleo es un factor implícito en la economía actual; la utilización de tecnologías que aumentan la productividad, permite producir mayor cantidad de bienes y servicios, empleando menor masa laboral. Ya durante la crisis del año 29, Keynes, en su famosa obra “Teoría general del empleo, el interés y la moneda”, aludía al desempleo tecnológico, producido por el “descubrimiento según el cual se economiza el uso de la mano de obra excediendo el ritmo al que podamos encontrar nuevos usos alternativos para toda esta mano de obra” [g].

2. Antecedentes del ingreso garantizado
En 1963, un grupo de académicos, coordinado por Oppenheimer, de la Universidad de Princeton, publicó una carta abierta al presidente de Estados Unidos, alertando sobre los peligros de la automatización. Consideraban que las nuevas tecnologías requerían un cambio de fondo en la economía, y que debería buscarse una forma de garantizar a cada ciudadano un ingreso como compensación por la pérdida de trabajos provocada por la tecnología.
El economista Theobald argumentaba que, como la automatización seguiría aumentando la productividad y disminuyendo empleos, era necesario asegurar a todos una forma de ingreso, al margen del empleo formal, para que pudieran sobrevivir. A su vez, la economía debía generar a la población el suficiente poder adquisitivo para que pudiese adquirir los bienes y servicios producidos. Esta demanda de un ingreso garantizado, tomó mayor fuerza cuando el economista liberal Milton Friedman presentó su propio modelo, basado en un impuesto negativo a las rentas. Sostenía que era mejor dar a los pobres un ingreso mínimo garantizado que seguir financiando los programas de asistencia social, con una costosa burocracia.

El presidente Johnson, en 1967, creó la Comisión Nacional de Ingreso Garantizado, que emitió un informe admitiendo que no todos quienes desean trabajar pueden hacerlo, y por ello, debería crearse un programa que permitiera a todos los ciudadanos cubrir sus necesidades. Esta recomendación no fue aplicada; solo se instrumentó en Estados Unidos, durante el gobierno de Clinton, una variante de workfare -“Income Tax Credit”-, que complementa los ingresos de los trabajadores pobres, pero sin incluir a quienes no trabajan [h].
En Europa, en cambio, varios países han legislado programas de ingresos mínimos garantizados. El más conocido es el “Revenue Minimun D Insertion” (RMI), que existe en Francia desde 1988, donde el ingreso está condicionado a la aceptación de un contrato de inserción, mediante el cual las personas se comprometen a realizar actividades que dispongan las autoridades, con vistas a su inserción social y laboral. Los recursos provienen de los impuestos, y constituyen un beneficio residual, dado que cubre la diferencia entre el mínimo legal y el ingreso de la persona o familia que lo solicita. Los ingresos provenientes del trabajo se deducen en cierta proporción para que no desaparezca el estímulo a conseguir un empleo. Programas similares existen en Bélgica, Alemania, Holanda y Gran Bretaña. Estas iniciativas contribuyen a evitar disturbios sociales, que son previsibles si continúan utilizándose las enormes ganancias derivadas de la alta tecnología, en aumentar los beneficios de las empresas y retribuir mejor a los ejecutivos y trabajadores especializados, en lugar de distribuirse equitativamente en la sociedad [i].

El enfoque tradicional de la seguridad social parte de considerar que las personas tienen derecho a obtener del Estado algunos beneficios derivados de su condición de trabajador. En efecto, dichos beneficios son financiados con un porcentaje de su remuneración, y requieren una contraprestación: a) las asignaciones familiares y el seguro de salud: el trabajo actual; b) las jubilaciones y pensiones, y el seguro de desempleo: el trabajo anterior; c) el trabajo promovido: la disposición a aceptarlo.
El ingreso ciudadano, en cambio, se fundamenta en el reconocimiento a todas las personas de un derecho a recibir una renta, cualquiera sea su situación laboral y sin compromiso alguno. El argumento es que todos los habitantes merecen recibir una parte de la riqueza producida en la sociedad, a modo de dividendo social. Todos las personas pueden realizar -y habitualmente realizan- tareas que son socialmente útiles, como el trabajo doméstico del ama de casa, la crianza de los niños, la atención de los enfermos y ancianos, así como la formación educativa y perfeccionamiento cultural [j].

La alternativa de otorgar un ingreso inferior al mínimo vital -postulada por la Escuela de Chicago, los liberales alemanes y los conservadores británicos-, para evitar la actitud ociosa de los beneficiarios, parece injusta, pues obligaría a aceptar cualquier empleo, aunque sea intermitente, con salarios y horarios variables, impidiendo todo proyecto de vida, en base a sus preferencias personales[k]. Como enseña el P. Meinvielle, el trabajo precario puede tolerarse como solución de emergencia, pero “las familias tienen derecho a la estabilidad” [l].

Una objeción común al ingreso ciudadano, es que fomentaría la ociosidad, pues al serle garantizado a todo hombre una renta, sin obligación de comprometerse a aceptar un empleo, muchos optarían por vivir de esa renta, sin realizar ningún esfuerzo propio. Es posible sí que algunos eligieran esa conducta, pero el ingreso ciudadano no eliminaría el incentivo a procurar ingresos adicionales, porque la mayoría de las personas no se conforman con cubrir sus necesidades básicas. La experiencia demuestra que aún las personas con una situación económica desahogada, habitualmente trabajan, porque es propio de las personas normales el deseo de progresar o de realizar alguna actividad.

3. El fundamento de la redistribucion de la riqueza
Hay maneras legítimas de adquirir la propiedad y,. por lo tanto, de enriquecerse. Pero, algunas de las riquezas que los hombres adquieren, no se originan únicamente en su esfuerzo y habilidad, sino también en el uso de bienes colectivos (vías de comunicación, seguridad, ciencia y técnica), en cuya creación han participado muchos miembros de la sociedad, en una proporción tan difícil de determinar como innegable es que se trata de frutos colectivos.
Debido a lo señalado, es justo que una parte del patrimonio de los más ricos sea redistribuida entre los menos pudientes, para compensar acumulaciones indebidas de riqueza, en cuya generación han contribuido muchos. De esta manera es posible corregir ciertos desniveles sociales injustificados. También mediante la redistribución se pueden corregir, aunque sea parcialmente, los enriquecimientos que han tenido origen ilícito, así como la desigualdad de oportunidades [m].

Una forma de efectuar la redistribución es aplicar un impuesto sobre las transacciones de divisas, que, en su mayor parte, son puramente especulativas. Es la llamada Tasa Tobin, que propuso el economista James Tobin, Premio Nobel, consistente en imponer una tasa de un 0,5 % del valor de la transacción efectuada. Una variante de la anterior -la Tasa RB (renta básica)-, propone que la tasa se aplique a todo incremento de valor creado sin gastos, sino como simple fruto de la inversión, que funciona sin costes de producción ni con trabajo, sino como revalorización de propiedades o como mecanismos financieros que dependen del volumen de dinero que se acumula, mediante fusión de capitales, agrupación de acciones, etcétera. La recaudación de este impuesto estaría destinado a financiar un programa de Ingreso Ciudadano [n].
Como explica el P. Meinvielle, la esencia de la crisis del sistema capitalista, consiste en que la concepción liberal de la ley de la oferta y la demanda destruye el intercambio. Pues, al no estar limitada dicha ley, funciona fuera de todo encuadramiento. Entonces, en cada transacción, la parte más débil, económicamente, pierde, y la más fuerte, gana. “Y como sobre esa base no puede desarrollarse un proceso productivo, se produce el paro forzoso, que, bajo cierto aspecto, es peor que la esclavitud. Porque en ésta, el patrón daba de comer a su esclavo y en aquella lo abandona al hambre” [o].

Para que la economía pueda funcionar eficazmente, y sin vulnerar la justicia, la ley de la oferta y la demanda, debe ser complementada con la ley de reciprocidad en los cambios. Esta consiste en que la riqueza generada en los intercambios, debe repartirse proporcionalmente entre todos, de manera que la posición relativa de unos en relación a la de los otros continúe siendo la misma. Pues si no se respeta esta reciprocidad y algunos se enriquecen más que otros, se produce no solo una injusticia sino que el proceso económico no puede funcionar adecuadamente, ya que llegará el momento en que una parte no tiene nada que entregar y la otra no necesita recibir nada [p].

Esta relación asimétrica se proyecta también en el plano social y política, afectando la concordia, puesto que si alguien recibe menos que lo que entrega, desaparece su interés de vivir en esa sociedad, “porque si el uno ha dado la mitad de su pequeña fortuna, y el otro ha dado sólo una parte mínima de una propiedad mucho mayor, es claro que el segundo ha perjudicado al primero”[q]. Por eso dice Abelardo Rossi, que la “justicia distributiva es la base y la garantía de la paz social”, y que, en realidad, “en la justicia distributiva no se concede algo a la parte, se le debe” [r]. Es que, como enseña Sto. Tomás: “Las cosas de la que alguien tiene demasiado, son debidas por derecho natural a la sustentación de los pobres” (Sum. Theol., II-II, Q. 66, art. 7).

4. Fundamentación del Ingreso Ciudadano, desde el Derecho Natural

El hombre necesita los recursos materiales, creados por Dios para que pueda satisfacer sus necesidades. Y los creó para todos los hombres, puesto que todos los hombres los necesitan. Además, no hay nada en los recursos naturales que los adscriba a un hombre o a un grupo de hombres en particular. El adscribirlos a uno u otro es cosa accidental, aunque conveniente, para que los bienes alcancen su fin. Esto no quiere decir que los recursos naturales hayan de repartirse por igual, pero cada hombre tiene derecho a los recursos que necesita, y según la necesidad es el derecho.
El Papa Pío XII habló con claridad sobre este punto: “Todo hombre, por ser viviente dotado de razón, tiene efectivamente el derecho natural y fundamental de usar de los bienes materiales de la tierra,... Este derecho individual no puede suprimirse en modo alguno, ni aún por otros derechos ciertos y pacíficos sobre los bienes materiales. (...) Sólo así se podrá y deberá obtener que propiedad y uso de los bienes materiales traigan a la sociedad paz fecunda y consistencia vital y no engendren condiciones precarias, generadoras de luchas y celos y abandonadas a merced del despiadado capricho de la fuerza y de la debilidad” (La Solemnità, 1941, 13).

Como el derecho de todos los hombres a los recursos naturales es anterior al Estado, éste no lo puede suprimir, y como uno de los fines del Estado es la defensa de los derechos de los ciudadanos, el Estado tiene la obligación de defenderlo, aun antes que el derecho de propiedad por ser más fundamental e importante.
Es común entre los economistas y sociólogos admitir como fin inmediato de la economía la satisfacción de las necesidades materiales del hombre, por medio de la producción de los bienes y servicios que necesita. El fin de la economía no es satisfacer las necesidades materiales de algunos hombres, sino de todos los hombres, porque los recursos naturales han sido creados por Dios para ese fin y porque todos los hombres forman parte de la sociedad universal, y como miembros de ella han de procurar el bien común, y forma parte del bien común el que todos los hombres puedan disponer de los medios necesarios para satisfacer sus necesidades.

Debe denifirse, entonces, que se entiende por necesidad. La escuela liberal, conforme a su criterio materialista, entiende por necesidad todo deseo que procede de una sensación no satisfecha. Estando la economía orientada a la satisfacción de las necesidades, el concepto de necesidades humanas es esencial al orden económico y según sea el concepto será la orientación económica.
Si se acepta que la economía debe procurar la satisfacción de los deseos, será difícil evitar muchos males, porque las necesidades son limitadas, los deseos no. Los recursos materiales y humanos de que disponemos pueden satisfacer las necesidades, pero no los caprichos, que no tienen limite. Las necesidades cesan en la medida que son satisfechas, no así los deseos desordenados, los caprichos, que suelen aumentar a medida que se satisfacen. El pretender la satisfacción de los deseos en vez de la satisfacción de las necesidades trae consigo otro mal y es que se emplean en la satisfacción de deseos inútiles y aún perjudiciales, recursos económicos que se sustraen, no pocas veces, a la satisfacción de las verdaderas necesidades.

Conocer las verdaderas necesidades es necesario para conocer derechos fundamentales en materia económica; para ello hay que mirar el fin a que van ordenados los bienes materiales: estos son para el cuerpo, evidentemente, pero van ordenados a la perfección integral del hombre. El hombre tiene la obligación de perfeccionarse, es decir, de desarrollar íntegra y armónicamente sus facultades, y para esto necesita bienes materiales. Lo que sirve para este desarrollo es un bien y satisface una necesidad, lo que no sirve para este fin es inútil, lo que lo impide o estorba es perjudicia l[s].

Según Juan XXIII, el hombre tiene un derecho “a los medios necesarios para un decoroso nivel de vida, cuales son, principalmente, el alimento, el vestido, la vivienda, el descanso, la asistencia medica y, finalmente, los servicios indispensables que a cada uno debe prestar el Estado. De lo cual se sigue que el hombre posee también el derecho a la seguridad personal en caso de enfermedad, invalidez, viudedad, vejez, paro y, por último, cualquier otra eventualidad que le prive, sin culpa suya, de los medios necesarios para su sustento” (Enc. Pacem in terris, 11).

5. Implementación del Ingreso Ciudadano
Nos parece que una manera viable de aplicar el ingreso ciudadano, consistiría en vincularlo a un sistema integrado de transferencias fiscales, que funcionaría como lo expone el Prof. Barbeito[t]:
a) Se reemplazaría la totalidad de los beneficios monetarios y en especie -como bolsones de alimentos y comedores comunitarios-, así como las deducciones y exenciones tributarias sobre los ingresos personales, por una estructura única de transferencias basada en el reconocimiento de ingresos básicos garantizados.

b) Cada persona (o familia) se toma como “unidad fiscal”. La zona de indiferencia tributaria (ZIT) fija los niveles de ingresos para los cuales las unidades fiscales se encuentran en una situación indiferente o de neutralidad respecto del sistema integrado de transferencias fiscales: saldo nulo entre los beneficios monetarios que percibe y los impuestos que paga sobre sus ingresos.

c) La unidad fiscal que percibe ingresos inferiores a ZIT, es beneficiaria del sistema, pasando a recibir una transferencia fiscal que complemente sus ingresos propios.

d) La unidad fiscal que percibe ingresos superiores a ZIT, pasa a ser contribuyente del sistema.

e) A modo de ejemplo; de $ 371 a $ 801: ZIT, saldo nulo. Ingresos superiores a $ 801: contribuyente. Ingresos inferiores a $ 371: beneficiario.

f) El Ingreso Ciudadano actúa como un crédito fiscal de monto fijo, deducible de la suma del impuesto que corresponda pagar por los ingresos propios; el importe de la transferencia neta recibida irá en disminución a medida que aumenten los ingresos propios.

g) El monto del Ingreso Ciudadano puede admitir adecuaciones a las necesidades particulares de ancianos, niños, mujeres embarazadas o discapacitados.

6. Conclusión
Por todo lo señalado, consideramos que la fórmula del ingreso ciudadano, puede representar una manera adecuada de concretar la redistribución de la riqueza en el mundo contemporáneo, al menos mientras no se reemplace el sistema liberal capitalista por otro más conforme a la dignidad humana. Por cierto, que solo implica un remedio parcial para enfrentar los desafíos de la hora , pero al menos suprimiría la miseria, y evitaría la muerte o el sufrimiento extremo de muchos, por carecer de los bienes de subsistencia. Debería estar incluido en un programa de desarrollo integral, que procure el pleno perfeccionamiento de todo el hombre y de todos los hombres.

La implementación de esta propuesta deberá superar inconvenientes y resistencias, pero, como enseña el magisterio pontificio, lo que se pueda realizar para hacer más humana la vida de los hombres, por imperfecto y provisional que sea, no “se habrá perdido ni habrá sido en vano” (Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, p. 48).


* Meneghini, Mario: Ponencia presentada en las Jornadas de Derecho Natural, Paraná, 30-9, 1 y 2-10, 2005.


[a] Banco Mundial. “Globalización, crecimiento y pobreza”; Bogotá, Alfaomega, 2002, p.xxii.
[b] cit. p. Meinvielle, Julio. “Conceptos fundamentales de la economía”; Buenos Aires, Cruz y Fierro, 1982, p. 160.
[c] Meinvielle, op. cit., p. 161.
[d] Forrester, Viviane. “El horror económico”; Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1997, p. 92.
[e] V. Rifkin, Jeremy. “El fin del trabajo”; Buenos Aires, Paidós, 2000, pgs. 31 y 127.
[f] Caturelli, Alberto. “Metafísica del trabajo”; Guadalajara, folia universitaria, 2002, p. 35.
[g] cit. p. Rifkin, op. cit., p. 47.
[h] V. Rifkin, op. cit., pgs. 109/111, 301/302.
[i] V. AAVV. “Contra la exclusión: la propuesta del ingreso ciudadano”; Buenos Aires, CIEPP/Miño y Dávila, 1995, pgs. 48/49.
[j] V. Idem, p. 27.
[k] V. Gorz, André. “Miserias del presente, riqueza de lo posible”; Buenos Aires, Paidós, 1998, pgs. 91/93.
[l] Meinvielle, op. cit., pg. 162.
[m] V. Tale, Camilo. “Compendio de Derecho Natural”; Córdoba, 1991, pgs. 295/296.
[n] V. Pinto Cañón, Ramiro. “De la Tasa Tobin a la Tasa RB”; 2004 [www.attacmadrid.org]
[o] Meinvielle, op. cit., pgs. 166/167.
[p] V. Mihura Seeber, Federico. “Filosofía económica en Aristóteles”; Buenos Aires, Forum, 1983, T. II, pgs. 54/58.
[q] Aristóteles. “Moral a Eudemo”; Buenos Aires, Colección Austral, 1942, p. 235.
[r] Rossi, Abelardo. Cit. p. Díaz Araujo, Enrique. “El proyecto nacional y la economía”; en: AAVV. “Actualidad de la Doctrina Social de la Iglesia”; Buenos Aires, Abeledo-Perrot, 1980, p. 212.
[s] V. P. Colon SJ, Antonio. “Filosofía del desarrollo económico”; Corrientes, Fundación Carlos Sacheri; s/f, s/p.
[t] V. Barbeito, Alberto. “La integración de los sistemas de transferencias fiscales como instrumento de integración social”; en: AAVV. “Contra la exclusión...”, op. cit., pgs. 210/213.

[u] Las estimaciones que figuran e. 2 y 3, se han tomado de : Lo Vuolo y otros, “Propuesta Práctica de Ingreso Ciudadano”, Bs.As., CIEPP, 1999 [www.ciepp.ortg.ar]; también se han consultado las estimaciones financieras de: a) Cecilia Del Bono, “Reconocer los Derechos Sociales”, Instituto de Estudios y Formación-CTA, agosto 2004; b) Alberto Barbeito, o.p.. pags. 190/228

viernes, 24 de enero de 2020

EL INGRESO BÁSICO UNIVERSAL



Dr. Andrés Torres (*)


  1. Consideraciones preliminares

En primer lugar deseo agradecer al Dr. Mario Meneghini el haberme sugerido abordar este tópico, pero también agradecerle porque sus observaciones referidas al mundo del trabajo en el día actual y el futuro inmediato me fueron de una ayuda invalorable para entender la urgencia y seriedad que tiene esta cuestión, no sólo en nuestro país o región sino en todo el globo.

Debo reconocer que cuando se me encomendó el estudio de esta temática me encontré con algunas situaciones novedosas:
  1. Por un lado, acostumbrado como estoy a intervenir en cuestiones litigiosas referidas al mundo del trabajo, el panorama de un mundo donde el empleo convencional pareciera estar en retirada merced al avasallante avance de las nuevas tecnologías, en esta suerte de tercera revolución industrial, no era un planteo nuevo para mí, pero pude ver, en este estudio,  de modo mucho más vívido, cuán real y acuciante es la pregunta de cómo resolverá la sociedad actual esta paradoja.
  2. En segundo lugar se instaló en mí el conflicto valorativo referido a los subsidios y ayudas sociales, cuyo exceso o utilización demagógica por algunos gobiernos ha generado una crítica en la cual me sentía enrolado. A partir de la reflexión que me suscitó esta temática pude justipreciar de manera más ponderada la equidad ínsita que conllevan muchas veces estas medidas, en un mundo donde la indigencia, la pobreza, la malnutrición, y demás carencias sociales han mostrado un sesgo ciertamente escandaloso en la era en que el hombre ha conquistado de manera arrolladora su entorno natural para ponerlo a su servicio como nunca antes. Pude ver que el mensaje del cristianismo encuentra una realización palpable en muchas de estas medidas de auxilio a los más desprotegidos materialmente, independientemente de su “contribución al mundo productivo”y que criticarlas de una manera irreflexiva me interpela como cristiano porque en el desprecio que se suele hacer a los “vagos” y “planeros” como se les llama a sus beneficiarios (los que al menos en Argentina cobran por tales conceptos sumas muy inferiores al monto de la canasta básica), hay también un déficit en la virtud de la caridad que me sobresalta y me perturba.
  3. Finalmente, me sorprendió lo actual y candente que es esta discusión en los más altos niveles de la economía política mundial y me resultó curioso también que quienes defienden políticas o soluciones como la que voy a comentar no están necesariamente afiliados a corrientes ideológicas socialistas sino que también  las hay liberales y conservadoras que las proponen como modelos.



  1. Definiciones y terminología

En la discusión contemporánea sobre qué solución aportar frente a la pérdida creciente y alarmante de empleos convencionales a manos de las nuevas tecnologías, se ha propuesto implementar un sistema de ingreso básico universal para todos los ciudadanos de una determinada comunidad, sistema que recibe distintos nombres de acuerdo a los distintos países en que se plantea o aplica y a los diferentes idiomas: se habla,  de Ingreso Básico Universal, de Renta Básica (en España), de Ingreso Básico Ciudadano o Citizen’s Basic Income (Reino Unido), Ingreso Básico Garantizado (Basic Income Guarantee, en Estados Unidos y Canadá), Revenu de Base (en Francia), bedingungslose Grundeinkommen (BGE) en alemán  y también se lo llama Universal demogrant (palabra esta última que es un acrónimo de demographic Grant: es decir, subvención demográfica)
Todas estas expresiones son aproximadamente equivalentes desde el punto de vista conceptual, aunque emplearemos en este trabajo la que lo titula, Ingreso Básico Universal, abreviándolo IBU, y aclarando que de todos modos indicamos a continuación el sistema al que nos referiremos con sus notas caracterizantes.

El IBU como lo trataremos aquí es un pago monetario periódico (mensual, quincenal o semanal), destinado a la generalidad de las personas habitantes de una determinada comunidad, independientemente de su condición socioeconómica, y prácticamente sin ninguna otra condición. La edad en algunos casos puede ser un índice para cuantificar el IBU pero conceptualmente corresponde a todos, niños y adultos. No se ha reconocido aún a las personas por nacer.

El IBU es de efectivización directa y automática para el beneficiario: sólo requiere una cuenta bancaria o medio similar y no hay intermediarios para su percepción.

El IBU no requiere una encuesta socioeconómica ni una evaluación ambiental. La perciben quienes tienen empleo formal, quienes tienen empleo informal y quienes no tienen empleo.  No se limita a los ingresos que de cualquier modo perciba el beneficiario, sea este empresario, rentista, dependiente o desocupado.

El IBU tampoco toma en cuenta otras variables sociales como tipo de vivienda, grupo familiar, o estructura de ingresos.

En las experiencias prácticas que se han desarrollado hasta ahora en el mundo suele imponerse, acaso como única condición, un mínimo de residencia en la comunidad de que se trate que en algunos casos debe ser la mayor parte de un año calendario.[1]

Referente a la cuantía del IBU las experiencias difieren entre las que lo hacen igualar al menos el monto indicado por la línea estadística de pobreza, el Ingreso Básico Universal e Integral. y las experiencias que asignan un IBU de menor cuantía. A estas últimas se las ha llamado Ingreso Básico Universal Parcial.

Es evidente que los modelos que aplican un IBU parcial y no integral se asimilan más a un subsidio típico de los convencionales y constituyen más un paliativo social que una solución social más profunda como la que pretenden los teóricos que han desarrollado este concepto.

No abundaremos en otra técnica aplicada en Norteamérica en las décadas de los ’60 y ’70,  que es la “renta negativa”, es decir una retribución de dinero a los hogares contribuyentes cuyo nivel socioeconómico es tan bajo que no califican por sus ingresos para el pago mínimo de impuestos al sistema nacional, por lo que en vez de pagar impuestos esos hogares reciben una renta compensatoria. Las diferencias con el IBU son evidentes, entre otras cosas porque incide el nivel socioeconómico del beneficiario y además no guarda estricta relación con superar  la línea de pobreza.

Sí guarda relación con esta línea estadística el sistema implementado en Brasil denominado “Bolsa Familia” (2003-4), pero tampoco es un IBU, puesto que sus beneficiarios son exclusivamente familias pobres calificadas como tales previa evaluación socioambiental del gobierno, que a su vez exige como requisito de otorgamiento el cumplimiento de un calendario de vacunaciones y el envío de los hijos menores a la escuela.

3) Reseña histórica


La idea de un IBU pagado por el Estado se remonta a comienzos del siglo XVI cuando Santo Tomás Moro (1478-1535) en su obra Utopía (1516) describió una sociedad en la que cada ciudadano de la misma tenía garantizado un ingreso-
Este ingreso, era propuesto ante una realidad atroz en la Inglaterra del siglo XVI donde los culpables de robo eran condenados a muerte, y la situación de enormes cantidades de indigentes llevaba a algunos al robo como salida, desesperados por la necesidad de comida. Dice allí el personaje de Utopia: “ Ninguna pena en la faz de la tierra impedirá que la gente siga robando si esa es su única manera de conseguir alimentos… En vez de infligir esos terribles castigos, sería mucho más eficaz proveer a cada persona con algunos medios de subsistencia, de tal manera que nadie esté bajo la espantosa necesidad de convertirse, primero, en un ladrón y, por culpa de ello, en un cadáver.” [2].
El humanista español Juan Luis Vives (1492-1540), (en su obra “El socorro de subventione pauperum, sive de humanis necessitatibus – Brujas, 1526) proponía que el gobierno de una ciudad debería ser responsable de asegurar un nivel de subsistencia mínimo a todos sus habitantes, “no con el fundamento en la justicia sino en un ejercicio más eficaz de la virtud moral de la caridad” Sin embargo, Vives también afirmaba que para merecer este subsidio el beneficiario debe “merecer la ayuda probando su voluntad de trabajar”
A finales del siglo XVIII el liberal Thomas Spence y el revolucionario americano Thomas Paine manifestaron su apoyo a un mecanismo de asistencia social que garantizara a todos los ciudadanos cierto ingreso básico.
En el siglo XIX disminuyó la discusión en torno al IBU pero ya a comienzos del siglo XX se debatió ampliamente un concepto denominado “bono estatal”, y en 1946 el Reino Unido implementó un subsidio incondicionado para familias a partir del segundo hijo.
En las décadas de 1960 y 1970 los Estados Unidos y Canadá impulsaron la experiencia ya mencionada de la Renta Negativa, un paliativo social relacionado con el IBU
Desde los ’80 en adelante, el debate en Europa se extendió más ampliamente y desde allí a los demás países del mundo. Unos pocos países llegaron a articular algunas medidas que guardan parecido con el IBU, como el programa BOLSA FAMILIA en Brasil.

4) Fundamento doctrinario y su encuadre con la doctrina social de la Iglesia.

Casi de inmediato, frente a la postulación de estas ideas del IBU y similares, muchos sedicentes cristianos desenvainarán la taxativa cita de la Segunda Carta a los Tesalonicenses: El que no quiera trabajar, que no coma. [3]

Para rebatir el aserto de que la interpretación recta del pasaje se da de bruces con nuestro IBU, acudo a dos importantes distinciones.

La frase griega utilizada en la epístola (dirigida a justificar la contribución al trabajo que es legítimo hagan los miembros de las distintas primeras comunidades cristianas, para sostenerlas), es "οὐ θέλει ἐργάζεσθαι", que significa "no está dispuesto a trabajar", es decir, que no tenga la voluntad de contribuir.

En el marco actual de apabullante desempleo y subempleo, donde cada vez es y será más difícil, pese a toda la capacitación que pueda tenerse, adquirir un empleo digno, es decir, que le permita a la persona y su familia el desarrollo integral y la edificación de proyectos de vida, está claro que la enorme mayoría de los eventuales beneficiarios del IBU no son personas que “no están dispuestos” a trabajar sino que, lo desean ardientemente, pero no lo consiguen por una situación externa insuperable e inevitable.

En segundo lugar, debe enfatizarse otra cabal distinción entre “empleo” y “trabajo”. Tendemos a identificar a este último con el primero, pero en realidad no todo trabajo implica un “empleo” en el sentido económico actual de la palabra: un contrato con un particular o una empresa en donde se pacta realizar una actividad a cambio de una remuneración en dinero.

¿Acaso no trabajan las amas de casa atendiendo su hogar, o cualquiera de nosotros al pintar la casa o limpiar la vereda? ¿Acaso no es trabajo el despliegue desinteresado de miles de voluntarios que ayudan a los más necesitados en un sinnúmero de actividades solidarias? ¿Acaso no es trabajo cuidar los hijos, educarlos o cuidar a los ancianos de la familia? Todas estas son actividades útiles, cuando no imprescindibles para la sociedad, pero la lógica puramente economicista les resta todo valor en la construcción de la comunidad.

El sentido evangélico –si debemos forzosamenta traspolarlo a esta discusión, entonces- no es que no debe tener un salario justo solamente el que tiene empleo, sino que toda persona desempleada puede merecerlo con su trabajo aunque sea de aquellos trabajos que las estadísticas laborales no computan.

El Evangelio en realidad vá mucho mas allá. Porque en la parábola de los trabajadores del viñedo [4], Jesús nos enseña un género de justicia superior al que marca el derecho romano: toda persona merece un denario (medida del jornal digno) aunque haya trabajado ocho, cuatro o una hora. Lo importante es que  “estén dispuestos a trabajar”. Con eso basta.

Es preciso reiterar que la postulación del IBU no adquiere el cariz de sustituto del trabajo convencional, sino un complemento universal, necesario y diríase, imprescindible, ante el cuadro que plantean las nuevas tecnologías.

El principio fundamental de la DSI que engasta de manera inequívoca con el sentido y concepción del IBU es el llamado “destino universal de los bienes”

El principio del destino universal de los bienes de la tierra está en la base del derecho universal al uso de los bienes. Todo hombre debe tener la posibilidad de gozar del bienestar necesario para su pleno desarrollo: el principio del uso común de los bienes, es el primer principio de todo el ordenamiento ético-social y principio peculiar de la doctrina social cristiana. (…) Es inherente a la persona concreta, a toda persona, y es prioritario respecto a cualquier intervención humana sobre los bienes, a cualquier ordenamiento jurídico de los mismos, a cualquier sistema y método socioeconómico: Todos los demás derechos, sean los que sean, comprendidos en ellos los de propiedad y comercio libre, a ello [destino universal de los bienes] están subordinados: no deben estorbar, antes al contrario, facilitar su realización, y es un deber social grave y urgente hacerlos volver a su finalidad primera [5]

La recta comprensión excluye el comunitarismo. La propiedad privada es un elemento esencial de una política económica auténticamente social y democrática y es garantía de un recto orden social. La doctrina social postula que la propiedad de los bienes sea accesible a todos por igual, de manera que todos se conviertan, al menos en cierta medida, en propietarios, y excluye el recurso a formas de « posesión indivisa para todos »  [6]


La tarea fundamental del Estado en el ámbito económico es definir un marco jurídico apto para regular las relaciones económicas. Además, debe actuar de forma complementaria al mercado en aquellos ámbitos en que el mercado no es capaz de garantizar una distribución equitativa de algunos bienes y servicios esenciales. El Estado debe promover el bien común y su intervención debe atenerse a los criterios de equidad, racionalidad y eficiencia. [7] En vez de contribuir con obras aisladas de caridad a mantener las condiciones existentes, haría falta crear un orden justo, en el que todos reciban su parte de los bienes del mundo y, por lo tanto, no necesiten ya las obras de caridad. [8]
La imposición tributaria, cuando es justa, desempeña una fundamental función equitativa y redistributiva de la riqueza, no sólo en favor de quienes necesitan subsidios apropiados, sino también en el apoyo a la inversión y el crecimiento de la economía real. [9])

Estas son solo algunas de las muestras de que un dispositivo de economía política como el IBU que tienda a morigerar los efectos devastadores de las nuevas tecnologías, está en perfecta armonía con las enseñanzas de la Iglesia y los sensatos  análisis que recoge la DSI.

5) Conceptos del debate mundial acerca del IBU

a) Automatización


El concepto del IBU y la automatización están estrechamente vinculados.  Por ejemplo, el fundador de Facebook Mark Zuckerberg afirma que el aumento de la automatización creara una necesidad más grande del IBU.  Las preocupaciones acerca de la automatización han llevado a muchos en la industria de alta tecnología a proponer el IBU como una consecuencia de sus modelos de negocios. El candidato presidencial nortemericano para el 2020 y fundador de entidades benéficas Andrew Yang ha declarado que la automatización ha provocado la pérdida de 4 millones de empleos en el sector de manufacturas en el medio-oeste del país y ello ha propiciado la elección de Donald Trump  Yang propone,el Dividendo de Libertad, contempla pagarle a cada norteamericano adulto 1000 dólares por mes.
El CEO de Tesla Inc. y SpaceX, Elon Musk se ha pronunciado en apoyo del IBU y Yang, teniendo en cuenta el fenómeno de la automatización y la inteligencia artificial.
Muchos tecnólogos creen que la automatización, entre otras cosas, está creando desempleo tecnológico. El periodista Nathan Schneider puso de relieve por primera vez la adhesión de la “tecno-élite” a estas ideas, con un artículo en la revista Vice que cita a Marc Andreessen, Sam Altman, Peter Diamandis, entre otros.

En un informe presentado en el Congreso por la Casa Blanca, se estima que un trabajador que gana 20 dólares la hora en 2010 podría con el tiempo perder su empleo por el reemplazo de una máquina con el 83 % de probabilidades. Incluso trabajadores que ganan 40 dólares la hora enfrentan una posibilidad del 31 %.
Con una tasa creciente de desempleo las comunidades pobres podrían resultar más empobrecidas aún en todo el mundo. Los partidarios del IBUargumentan que éste puede resolver muchos problemas mundiales como el stress laboral,  y podría crear más posibilidades un empleo más eficiente y efectivo. En un estudio realizadoa en Dauphin, Manitoba, sólo el 13 % del empleo descendió cuando la perspectiva era mucho peor. En un estudio en algunos poblados indios, el IBUhizo crecer el nivel educativo regional de los jóvenes en un 25 %.
Además del desempleo tecnogénico algunos expertos en tecnología han alertado que la automatización podría desestabilizar el mercado de trabajo o incrementar la desigualdad social. Un ejemplo es Chris Hugues, cofundador de Facebook y del Proyecto de Seguridad Económica. La automatización ha venido sucediendo durante siglos y mientras avanzó no reducía de manera permanente la tasa de empleo sino que  generaba inestabilidad laboral. Desplaza trabajadores que pasan su vida aprendiendo nuevas habilidades que luego se tornan obsoletas y ello los obliga a tomar empleos no calificados.  Paul  Vallée, un tecno-emprendedor canadiense y CEO de Phythian, afirma que la automatización muy posiblemente incremente la pobreza y reduzca la movilidad social al generar  una todavía creciente  tasa mayor de desempleo.  En 2016 el ingreso basico garantizado en Winnipeg mereció el análisis de Vallée  que postuló que la esclavitud  es un ejemplo histórico de un período en el que el capital (esclavos africanos) podía realizar el mismo trabajo que el de los empleados pagos (pobres blancos). Esta situación no causó una masiva tasa de desempleo sino que aumentó la desigualdad económica y redujo la movilidad social.

b) Malos hábitos sociales

Hay quienes postulan que algunas personas gastarían el IBUen alcohol y otras drogas . Sin embargo, los estudios sobre el impacto social de transferir efectivo así a la población demuestran lo contrario. Una investigación del Banco Mundial del 2014 que reunía 30 estudios científicos concluyó que “Las preocupaciones acerca del peligro que puede representar las transferencias en efectivo en relación con el consumo de alcohol y tabaco son infundadas”

c) El IBUcomo parte de un sistema económico post-capitalista

Harry Shut ha afirmado que  el IB, entre otras medidas, hará que todos o la mayoría de los emprendimientos sean cooperativos antes que privatísticos. Estas medidas crearían un sistema post-capitalista
Erik  Olin Wright caracteriza el IBUcomo un proyecto para reformar el capitalismo empoderando al trabajo en relación con el capital brindando al trabajo mayor poder negociador , con empleados en mercados de trabajo que puedan gradualmente “des-cosificar” el trabajo desacoplando el empleo respecto del ingreso. Esto permitiría un expansión en el alcance de la economía social dándole a los ciudadanos más medios de acometer actividades (como el arte) que no impliquen retribuciones financieras importantes.
James Meade (Nobel de economía 1977) abogó por un esquema de dividendos sociales financiados por activos productivos públicos Russell propugnaba el IBU junto con la propiedad pública como medios de acortar la jornada laboral promedio y alcanzar el pleno empleo
Los economistas y sociólogos han aconsejado que se implemente alguna forma de IBU  como una vía para la resdistribución de los beneficios económicos de las empresas públicas para favorecer a toda la población, refiriéndose también a una especie de dividendo social donde el IBU  represente el reintegro a cada ciudadano del capital titularizado por toda la sociedad. Estos sistemas serían financiados directamente por las ganancias de las empresas públicas y son considerados como piezas centrales de varios modelos de socialismo de mercado.
Guy Standing ha propuesto un dividendo social que surja de un Fondo de Riqueza Soberana coherente con la democracia, conformado primariamente de una tasa sobre los réditos, derivados de la propiedad material, financieroa e intelectual.

Herman Daly considerado como uno de los fundadores del ecologismo aconsejaba una economía de crecimiento cero dentro de los límites ecológicos del planeta.  Para alcanzar esa economía sustentable y verde incluyendo el bienestar social básico y la seguridad para todos, escribió bastante sobre la necesidad de reformas estructurales del sistema capitalista.

d) El IBU y la crítica de los economistas

En 2016 al panel de expertos de la IGM (Iniciativa sobre Mercados Globales) nucleados en la universidad de Chicago se le preguntó si “otorgar a cada ciudadano estadounidense mayor de 21 años un IBU de 13.000 dólares al año, financiado por todos los programas de subsidios sociales que se eliminarían, incluyendo seguridad social, Medicare, Medicaid, subsidios para la vivienda y subsidios familiares, entre otros, constituiría una mejor política que mantener el statu quo. El 58 % del panel disintió con la idea, y sólo un 2% manifestó estar de acuerdo. Entre las razones de quienes discrepaban estaban el coste económico de la medida y el hecho que la estructura propuesta debía ser perfeccionada. Davon
Daron Acemoglu, profesor en el célebre MIT expresaba sus dudas diciendo: el statu quo es indefendible. Es imprescindible una seguridad social más efeiciente y generosa. Pero el IBU es caro  y  al mismo tiempo no suficientemente generoso. Eric Maskin ha declarado que un ingreso básico tiene sentido pero no al costo de eliminar toda la seguridad social y Medicare. Simeon Djankov, profesor en la London School of Economics, dice que los costos de un sistema realmente generoso serían prohibitivos.

Las críticas también arrecian desde la izquierda. Douglas Rushkoff,  profesor de Teroría de los Medios y Economia Digital en la Universidad de la ciudad de Nueva York  sugiere que este IBU “es otra manera de ignorar la necesidad que tienen las personas de considerar alternativas reales a vivir sus vidas como meros consumidores pasivos” Este académico ve al IBU como una sofisticada manera que pueden encontrar las grandes corporaciones de hacerse más ricas a expensas del dinero público. [39]

e) Incidencia sobre el empleo

Un argumento común esgrimido contra el IBU es que si las personas tienen dinero sin condiciones y gratuitamente se volverán perezosas y trabajarán menos.
Los críticos afirman que menos trabajo significa menos impuestos y por lo tanto menos dinero para el Estado y para solventar obras públicas. El grado de desincentivación al empleo a raíz del IBU podría depender de cuán generoso sea el IBU.
Algunos estudios han observado los niveles de empleo en las experiencias que se han hecho con el IBU hasta ahora, como asimismo con la renta negativa u otras iniciativas smilares. En los casos de renta negativa ensayados en los Estados Unidos en los ’70, bajó un 5 % la cantidad de horas trabajadas entre los beneficiarios. La reducción fue mayor en el caso de los proveedores de segundos ingresos de cada hogar y menor en el caso de los proveedores principales de ingresos. Bajaban más las horas trabajadas a medida que el beneficio era mayor. Los participantes de estos experimentos sabían que el experimento estaba limitado en el tiempo.
En la experiencia de Mincome que se realizó en Dauphin, Manitoba, también en los ’70, hubo también una leve baja en las horas trabajadas. Sin embargo los únicos dos grupos que disminuyeron significativamente las horas trabajadas fueron las madres primerizas y los adolescentes que aportaban a sus familias. Las primeras invirtieron su tiempo extra en el cuidado de sus hijos y los trabajadores adolescentes lo aplicaron a sus estudios.
En el experimento  Mincome, "la reducción del esfuerzo laboral fue modesta: 1 % entre los varones adultos, 3 % entre las viudas y 5 % entre las mujeres solteras”

Un estudio reciente del Fondo Permanente de Dividendo de Alaska – el más grande programa de IBU implementado en los Estados Unidos desde 1976- parece mostrar que la premisa de que el empleo desciende con el IBU es falsa. Los investigadores Damon Jones de la  Universidad de Chicago y Ioana Marinescu de la Universidad de Pensilvania sostienen que si bien se observa un leve descenso en horas trabajadas en beneficiarios por razones similares a las observadas en el experimento de Manitoba, hubo también un 17 % de aumento en trabajos a tiempo parcial. Los autores teorizan de que el nivel de empleo se mantuvo estable porque el ingreso extra lleva a sus beneficiarios a permitirle más consumos, con lo cual aumenta la demanda de empleos de servicios. Este hallazgo es consistente con los datos económicos actuales. Ningún efecto es observado cuando se trata de empleos en el sector manufacturero, que produce para exportar. Esencialmente, dicen estos autores, los efectos macroeconómicos de un mayor consumo apuntalan el empleo en general. Para tomar un ejemplo ilustrativo, aunque hipotético, alguien que usa su IBU puede recortar sus horas de trabajo empleado en el almacén de barrio. Como con el IBU habrá más consumo. Ese almacén necesitará contratar más personas para que atiendan el local. En tanto, la distribución del IBU no afecta la demanda internacional de petroleo y los trabajos vinculados a ella. Jones y Marinescu hallaron más bien que la gran escala a la que está pensado el programa permite que funcione y que  las personas no abandonen totalmente sus respectivos trabajos.

No es aventurado suponer que el ciudadano medio beneficiario del IBU, no se comportará como un vago ocioso una vez que sepa que lo percibirá siempre. Nuestra sociedad y nuestra cultura con seguridad lo impulsarán a emplear esos recursos en desarrollar un proyecto personal de expansión, ya que la vagancia y la ociosidad siguen siendo un fuerte disvalor en la consideración del grueso de la población.

Epílogo - Cuestiones económicas

Obviamente el gran interrgante práctico referido al IBU estriba en cuál será o debiera ser el origen del dinero a distribuir. Se podrían postular modelos de subsidio estatal o bien modelos de ahorro privado por las mismas empresas productoras de bienes y servicios, o modalidades mixtas. Ya hay proyectos concretos que delinean propuestas específicas pero el tema está recién despertando interés en quienes tienen la capacidad de diagramar alternativas realistas.
No desconocemos tampoco el intringulis que implican los posibles efectos negativos, temporales o definitivos en la economía de un pais, en la inflación, por ejemplo, de manera que sirvan las líneas que anteceden solamente como una presentación del tema y un estímulo para estudiarlo con mayor detalle, sobre todo con miras a una implementación real que logre combatir el inminente flagelo del desempleo masivo que viene de la mano del auge de las nuevas tecnologías en esta era de la automatización.

(*) Trabajo del Dr. Andrés Torres, que desarrolla su exposición en el Centro de Estudios Cívicos, el 18-11-19.

Notas:


(2)          Nam haec punitio furum et supra iustum etsi et non ex usu publico. Est enim ad vindicanda furta nimis atrox, nec tamen ad refrenanda sufficiens. Quippe neque furtum simplex tam ingens facinus est, ut capite debeat plecti, neque ulla poena est tanta, ut ab latrociniis cohibeat eos, qui nullam aliam artem quaerendi victus habent. Itaque hac in re non vos modo, sed bona pars huius orbis imitari videntur malos praeceptores, qui discipulos verberant libentius quam docent. Decernuntur enim furanti gravia atque horrenda supplicia cum potius multo fuerit providendum ut aliquis esset proventus vitae, ne cuiquam tam dira sit furandi primum, dehinc pereundi necessitas
(3)          (2 Tes. 3,10)
(4)          (Mt. 20)
(5)           C.D.S.I. 172, tomando citas de Juan Pablo II, Carta enc. Laborem exercens, 19: AAS 73 (1981) 525.;Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 42: AAS 80 (1988) 573.;Pío XII, Radiomensaje por el 50º aniversario de la « Rerum novarum »: AAS 33 (1941) 199.;Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 22: AAS 59 (1967) 268.
(6)          Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 6: AAS 83 (1991) 800-801.;León XIII, Carta enc. Rerum novarum: Acta Leonis XIII, 11 (1892) 102.
(7)          CA, 48
(8)          Deus Caritas Est, 26
(9)          Oeconomicae et pecuniariae quaestiones, 31

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